lunes, 19 de octubre de 2009

DEMOCRACIA Y MODERNIDAD

La democracia como expresión de la organización del poder político ha sido vista por la teoría política contemporánea, como una referencia de las sociedades modernas, sin embargo esta puede no ser una interpretación acertada, como bien lo señala Dahrendorf:

… cuando la democracia llega a regiones del mundo anteriormente gobernadas por regímenes autoritarios, el término se utiliza para englobar toda la gama de los valores modernos: libertad, ciertamente; igualdad, que Tocqueville fue el primero en llamar democracia, y, más recientemente, fraternidad. El término <> se convierte así en sinónimo de buena sociedad, y también esto es un desagradable error.

… La democracia es la voz del pueblo que crea instituciones, las cuales controlan el gobierno y hacen posible cambiarlo sin violencia. En este sentido el <>, el pueblo, es el soberano que da legitimidad a las instituciones de la democracia. (2002:10)

La Democracia es un modelo de conducción política que traduce una metodología de vida, un sistema social de organización del poder que se manifiesta en un modelo de conducta. Está construida sobre la base de unos principios fundamentales como lo son: el reconocimiento de libertades individuales y colectivas; el ejercicio popular de la soberanía; la elección para cargos públicos; la separación de poderes y la participación. La vida en Democracia requiere de una serie de predisposiciones en las que resulta clave la capacidad de la sociedad para intervenir en sus procesos, sustentándose en una cultura participativa que exige responsabilidad y compromiso.

En esas condiciones deben quedar suficientemente representados los derechos de los ciudadanos a exigir el cumplimiento por parte de las instituciones de sus responsabilidades para con los ciudadanos, de igual forma los ciudadanos tienen el deber de intervenir mediante canales formales en los asuntos que le interesan. La democracia no puede descansar exclusivamente en las instituciones, debe ser producto de un esfuerzo común por lograr condiciones de vida a las que todo ciudadano tiene derecho. La cultura política democrática se manifiesta en el intercambio permanente entre los centros de decisión y los dirigidos.
Por su parte, la idea de modernidad nos remite a un modelo de sociedad donde prevalece el espíritu de la racionalidad en contraste con el sometimiento a la doctrina de la fe, siendo la ciencia la experiencia más relevante de la vida del hombre, y por ende sus consecuencias.

La modernidad no es sólo cambio puro, sucesión de acontecimientos; es difusión de los productos de la actividad racional, científica, tecnológica, administrativa. Por eso, la modernidad implica la creciente diferenciación de los diversos sectores de la vida social: política, economía, vida familiar, religión, arte en particular, pues la racionalidad instrumental se ejerce dentro de un tipo de actividad y excluye la posibilidad de que alguno de esos tipos esté organizado desde el exterior, es decir, en función de su integración en una visión general, de su contribución a la realización de un proyecto social que Louis Dumont denomina holista. La modernidad excluye todo finalismo.

La idea de la modernidad reemplaza, en el centro de la sociedad, a Dios por la ciencia y, en el mejor de los casos, deja las creencias religiosas para el seno de la vida privada. No basta con que estén presentes las aplicaciones tecnológicas de la ciencia para poder hablar de sociedad moderna. Es necesario, además, que la actividad intelectual se encuentre protegida de las propagandas políticas o d las creencias religiosas; que la impersonalidad de las leyes proteja contra el nepotismo, el clientelismo y la corrupción; que las administraciones públicas y privadas no sean los instrumentos de un poder personal; que vida pública y vida privada estén separadas, como deben estarlo las fortunas privadas y el presupuesto del Estado o de las empresas. (Touraine, 2002: 17)


La modernidad es el reflejo de una espiritualidad, a la que algunas sociedades debieron “asimilarse” sin haber desarrollado suficientes bases para ello. La modernidad también se asocia a la idea de la Nación-Estado que supera la atomización político-territorial del feudalismo. Es la cualidad de un período histórico, en la que se puede identificar una racionalidad manifiesta en todas las expresiones culturales de la época.

LA MODERNIZACIÓN DEMOCRÁTICA EN VENEZUELA

En la conformación del sistema político venezolano, se hace necesaria la reflexión sobre la transición política hacia la democracia. Si hacemos historia, el fracaso del primer ensayo democrático (1948), contribuyó a que la dirigencia política venezolana hiciera el esfuerzo común de consolidar un gobierno democrático, produciéndose un hecho fundamental para la construcción de ese nuevo modelo político que fijara las bases de la democracia. Los antecedentes políticos dejaron claro que la hegemonía política, representaba el principal obstáculo para la consolidación de un verdadero régimen de libertades.

Esta circunstancia generó la necesidad de un sistema político que garantizara la libertad como elemento constitutivo, determinando que este proyecto político tuviera su fundamento en un acuerdo o pacto, de manera que se imposibilitara cualquier intento de personalismo militar, una amenaza permanente.

En este contexto, la voluntad de las organizaciones políticas de mantener un frente unido para la formación de un nuevo proyecto político se hace efectiva a través de la firma del Pacto de Puntofijo el 31 de octubre de 1958. En él queda plasmada la esencia de lo que llamamos la democracia de partidos, pues allí se fijaron las reglas del sistema de poder, configurando la prerrogativa que habrían de tener en el mismo los partidos políticos.

Este acuerdo, al margen de los aspectos orientados a consolidar el régimen democrático propiamente, es necesario verlo como el instrumento que habría de institucionalizar una de las más serias debilidades del sistema político venezolano: el partidismo.

Esto podemos explicarlo considerando el pasado histórico político de Venezuela, pues a diferencia de los años posteriores a Gómez, donde el antagonismo de las fuerzas políticas fue lo que privó dada la coyuntura del 58, los partidos toman conciencia de la necesidad de compartir el escenario, repartiéndose el poder y creando un vínculo que fortalecería su poder político: un pacto, pues “el poder se sostiene sobre pactos constitutivos, pero no ya entre voluntades individuales... sino entre aquellos grupos que han movilizado recursos suficientes como para ingresar en el sistema.” (Portantierro, 1981:47).

El Pacto de Puntofijo es el acuerdo político que suscriben los principales actores sociales del momento, quienes posteriormente asumirían su condición predominante dentro del sistema. Los partidos Acción Democrática, COPEI y URD; FEDECAMARAS; Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica suscribieron el compromiso de apoyar y vigilar el desarrollo de un proyecto nacional que contemplaba el establecimiento de un sistema democrático que garantizaba el ejercicio pleno de libertades políticas y la alternabilidad en el poder. El acuerdo se fundamentó en tres aspectos: la Defensa de la constitucionalidad y del derecho a gobernar conforme al resultado electoral; la formación de un Gobierno de Unidad Nacional y la suscripción de un Programa Mínimo Común: (López, Gómez y Maingón, 1989)

Las Fuerzas Armadas Nacionales (FAN) como actores fundamentales de las últimas décadas, desempeñaron un rol trascendental en el pacto suscrito. Inicialmente las FAN se habían propuesto sustituir el gobierno personalista de Pérez Jiménez por uno verdaderamente de carácter militar-institucional. Debido a ello fue necesario que los otros sectores participantes negociaran con los militares, logrando convencerlos de la pertinencia de consolidar el régimen democrático, comprometiéndolos a actuar en defensa del mismo, generando la institucionalización democrática de las FAN, como organización apolítica y no deliberante.

Las Fuerzas Armadas con su participación en el Pacto de Puntofijo, le confirieron legitimidad a las reglas de juego del sistema político venezolano que se pretendía instalar, reconociendo a sus protagonistas en un acto legitimador, como fundadores de la democracia venezolana, en lo que habría de ser una muestra irrefutable de control político que ejerce la institución dentro del sistema.
De esa manera quedó definido el papel predominante que habrían de desempeñar los partidos políticos en el funcionamiento del sistema político: la representación de los intereses de la nación estaba en manos de las estructuras partidistas. El Pacto de Puntofijo, significaba la fijación de las reglas del juego político, en lo que habría de ser un compromiso por preservar la estabilidad del naciente sistema. Pero además, quedó establecido que el modelo de representación descansaría fundamentalmente en la repartición de espacios y cuotas de poder a los que los sectores participantes tendrían acceso.

En este sentido, está claro que las bases sobre las cuales se construyó el sistema político venezolano fueron muy débiles, considerando que el equilibrio en un Estado depende en buena medida de la estabilidad democrática, la equidad social y el desarrollo económico que presente. (Kornblith, 1996)

Aún más, prosigue Kornblith (1996) argumentando que la crisis del modelo rentista, en el que el petróleo ha sido la principal actividad productiva y la única fuente de ingresos, generó serios cuestionamientos hacia un Estado hiperactivo (Estado de Bienestar) que como rasgos característicos, subsidiaba, intervenía, protegía y regulaba, mediante mecanismos utilitarios que estimularan la adhesión de la sociedad al sistema, con la promesa –no cumplida- de evolucionar hacia mecanismos valorativos.

Por lo que, las condiciones económicas del país, al convertirse nuestra renta petrolera en el factor dinamizador, facilitaron la configuración de un modelo de relaciones de Estado, que entre otras, consolidó el Sistema Populista de Conciliación, definido por Rey (1998:292) como el entramado de una pluralidad de intereses sociales, económicos y políticos, que apoyándose en la abundancia de recursos económicos, un por entonces, bajo nivel (simplicidad) de las demandas y la capacidad de las organizaciones políticas (partidos y asociaciones civiles) para canalizar las demandas, permitieron una significativa etapa de estabilidad política.

A este respecto, Salamanca (1997) señala que el objetivo fundamental de los modernizadores -partidos políticos- fue:

… el de dotar a una sociedad carente de posibilidades de desarrollo, con un poder económico y adquisitivo con el cual no contaba previamente. En ese sentido, hay que destacar el papel de orquestadores de los partidos políticos y su rol de impulsores de la modernización la cual convierten en un programa político estatal. (1997: 158)

Considerando entonces que el proyecto político venezolano había tomado las banderas de la modernización de la sociedad, bajo la figura de un modelo democrático, representativo y pluralista, en su lugar, éste se tradujo en estatismo, centralismo, presidencialismo, partidismo y populismo, rasgos que han caracterizado al Estado venezolano en las últimas décadas.

A pesar de los esfuerzos de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE: 1984-1999), por ofrecer la visión de un país moderno al que podíamos aspirar, el sistema político se resistió a cambios verdaderamente profundos, apenas permitió la elección directa de alcaldes y gobernadores, el inicio del proceso de descentralización y la elección uninominal, que para muchos fueron tan sólo mecanismos de defensa generados por la crisis de 1989 más que apertura a espacios de participación política.
En el año 1993 se manifiesta una importante señal de la crisis del sistema político venezolano (crisis de la modernización), al producirse la ruptura del bipartidismo y un aumento considerable de la abstención como manifestación política, situándose alrededor del 40% (Duhamel y Cepeda, 1997:307).

Es entonces que con la desaparición del bipartidismo, materializada en la reelección de Rafael Caldera en 1993, quien habiendo sido uno de los pilares fundamentales del modelo de Estado de Partidos, rompe con COPEI, para lanzarse a la candidatura presidencial con otra tolda política, CONVERGENCIA, una organización formada por la disidencia socialcristiana, contando con el respaldo de otros partidos de izquierda, como el Movimiento al Socialismo (MAS), obtiene la primera magistratura con el 30% de los votos, (Duhamel y Cepeda: 307), marcando el final de la partidocracia, como modelo político.

Sin embargo, aunado a ello, las razones de la crisis de la modernización política venezolana, podemos encontrarlas en la modificación de las condiciones básicas del orden democrático establecido, que interpretando el esquema de Rey, citado por Kornblith (1996:2) se reduce a la crisis del modelo rentista, la crisis del modelo de representación y de legitimidad y la crisis de los mecanismos de generación de consenso y canalización del conflicto, lo que condujo al deterioro de las expectativas de bienestar colectivo que había garantizado una abundante renta petrolera, que al no encontrar respaldo en las organizaciones políticas para la canalización y expresión de las demandas, generó serios desajustes al modelo democrático, que sigue siendo considerado como el sistema predominante, según señala Latinobarómetro (2005:48), al colocarse en 7, 6 en una escala del 1 al 10.

Entre otras razones, la forma errática como la clase política manejó su pérdida de legitimidad – para marzo de 1990 los partidos políticos tenían un rechazo de 56%, manteniéndose por encima de esta cifra a lo largo de 1991- (Njaim et al., 1998:17), fue lo que permitió abonar el terreno para la ruptura definitiva con el modelo político que había prevalecido hasta 1993.
Ello explica las medidas desesperadas de alianzas a última hora para las elecciones de 1998, que no hicieron sino mostrar la debilidad del liderazgo político para confrontar un discurso agresivo que recriminaba a los partidos políticos su responsabilidad en la crisis del país.

La democracia venezolana comienza a ser cuestionada, el modelo es puesto en duda y se le juzga como una experiencia fracasada. La crítica oscila entre la poca idoneidad de la democracia y la incapacidad de su desarrollo en nuestra cultura, sin embargo más allá de las razones idiosincráticas, esta requiere de una templanza institucional imprescindible. A este respecto Salamanca (1996) señala que:

… la relevancia de un entorno modernizado, es que a partir de cierto nivel de modernización la democracia accede a posibilidades de estabilización. Por ello la importancia de tener presente la distinción entre sociedades en vías de modernización y sociedades modernizadas. Las primeras son inestables y proclives a la violencia desestabilizadora; en las segundas, las instituciones adquieren estabilidad. (1996:244)

LA POSMODERNIDAD Y LA POSDEMOCRACIA

Llegado a este punto de la reflexión, incorporamos la definición de posmodernidad a la que Lyotard se refiere como:

… el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. Aquí se situarán esas transformaciones con relación a la crisis de los relatos.

En origen, la ciencia está en conflicto con los relatos. Medidos por sus propios criterios, la mayor parte de los relatos se revelan fábulas. Pero, en tanto que la ciencia no se reduce a enunciar regularidades útiles y busca lo verdadero, debe legitimar sus reglas de juego. Es entonces cuando mantiene sobre su propio estatuto un discurso de legitimación, y se la llama filosofía. Cuando ese metadiscurso recurre explícitamente a tal o tal otro gran relato, como la dialéctica del Espíritu, la hermenéutica del sentido, la emancipación del sujeto razonante o trabajador, se decide llamar «moderna» a la ciencia que se refiere a ellos para legitimarse.
… al legitimar el saber por medio de un metarrelato que implica una filosofía de la historia, se está cuestionando la validez de las instituciones que rigen el lazo social: también ellas exigen ser legitimadas. De ese modo, la justicia se encuentra referida al gran relato, al mismo título que la verdad.

Simplificando al máximo, se tiene por «postmoderna» la incredulidad con respecto a los metarrelatos. Ésta es, sin duda, un efecto del progreso de las ciencias; pero ese progreso, a su vez, la presupone. (Lyotard, 1991: 4)

La posmodernidad hace referencia al ambiente de cuestionamiento del orden prevaleciente –modernidad- que conduce al debilitamiento de su estructura dogmática, en la que se hace difícil el consenso de los metarrelatos (Collado, 2001:81). Cuando ya no es posible el sometimiento a una interpretación única del poder, toda la base de pensamiento es puesta en duda y se reproducen otras formas de aproximación al uso del poder. En las sociedades posmodernas el poder descansa, entre otros, en el dominio de un lenguaje con aspiraciones universales, las tecnologías de información y comunicación.
En otro sentido, Crouch considera que la posdemocracia es lo que inevitablemente ocurre cuando la democracia se ha agotado y ha dejado de corresponder a las expectativas colectivas.
El concepto de posdemocracia nos ayuda a describir aquellas situaciones en las que el aburrimiento, la frustración y la desilusión han logrado arraigar tras un momento democrático, y los poderosos intereses de una minoría cuentan mucho más que los del conjunto de las personas corrientes a la hora de hacer que el sistema político las tenga en cuenta; o aquellas otras situaciones en las que las élites políticas han aprendido a sortear y manipular las demandas populares y las personas deben ser persuadidas para votar mediante campañas publicitarias. (Crouch, 2004:35)
El agotamiento de la democracia, debe verse desde la perspectiva de un debilitamiento de su ejercicio, que no del modelo. Cuando la institucionalidad democrática hace a un lado sus intereses primarios, para favorecer aquellos de quienes detentan el poder, la sociedad naturalmente toma distancia. En un ambiente de desconfianza o de desmotivación, la clase política hace uso de todos los mecanismos para lograr la participación cívica, que en la posdemocracia vale decir, la manipulación massmediática.
El sistema político se torna en una Videocracia, tal y como lo plantea Sartori (1998) cuando a través de los mecanismos del cibermundo actúan los individuos que tienen el control de las decisiones, propiciando una alta dependencia de los sondeos de opinión, entre otros, para orientar las respuestas del sistema a las demandas.
Eso configura un escenario donde la democracia está provista de condicionantes diferentes de los que la modernidad le había proporcionado. El debate en el futuro estará en establecer si la posdemocracia sigue representando los principios democráticos.

BIBLIOGRAFÍA

Collado T., Aurelio (2001) Política posmoderna: una nueva lectura de la historia. (pp. 77-93) En: Mariñez N., Freddy Coord. Ciencia Política: Nuevos contextos, nuevos desafíos. México: Grupo Noriega Editores

Corporación Latinobarómetro (2005) Informe Latinobarómetro 2005. Santiago de Chile: Mimeo.

Crouch, Colin (2004) Posdemocracia. España: Taurus- Santillana Ediciones Generales S. L.

Dahrendorf, Ralph. (2002) Después de la democracia: Entrevistado por Antonio Polito. Barcelona: Editorial Crítica

Duhamel, Olivier y Manuel Cepeda (1997) Las democracias. Entre el Derecho Constitucional y la Política. Colombia: Editores Tercer Mundo S.A.

Kornblith, Miriam (1996) Crisis y transformación del sistema político: nuevas y viejas reglas de juego. (pp. 1-31) En: Álvarez, Ángel Coord. El Sistema Político Venezolano: crisis y transformaciones. Caracas: Ediciones del Instituto de Estudios Políticos-Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UCV.

López, M.; Gómez, L. y Maingon, T. (1989) De Punto Fijo al Pacto Social. Caracas: Fondo Editorial Acta Científica Venezolana.

Lyotard, Jean F. (1991) La Condición Posmoderna. Informe sobre el saber. 2ª edición. Argentina: Ediciones Cátedra

Njaim, Humberto, Ricardo Combellas y Ángel Álvarez. (1998) Opinión Política y democracia en Venezuela. Caracas: Ediciones de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UCV.

Portantierro, Juan (1981) Los usos de Gramsci. Mexico: Ediciones Folios

Rey, Juan C. (1998) El futuro de la democracia en Venezuela. Caracas: Ediciones de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UCV.

Salamanca, Luís (1996) Crisis de la modernización y crisis de la democracia en Venezuela: Una propuesta de análisis. (pp. 239-351) En: Álvarez, Ángel. Coord. El Sistema Político Venezolano: crisis y transformaciones. Caracas: Ediciones del Instituto de Estudios Políticos-Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UCV.

_______________ (1997) Crisis de la modernización y crisis de la democracia en Venezuela. Caracas: ILDIS - Ediciones de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UCV.

Sartori, Giovanni (1998) Homo Videns. Ediciones Taurus: Madrid

Touraine, Alain (2002) Crítica de la Modernidad. México: Fondo de Cultura Económica

domingo, 13 de septiembre de 2009

EPISTEMOLOGÍA DE LA COMPLEJIDAD

EPISTEMOLOGÍA DE LA COMPLEJIDAD

La aproximación a la Epistemología de la Complejidad plantea una interrogante que encierra los tres grandes obstáculos que enfrenta Morin en la construcción de su método, quien en el primer volumen, La Naturaleza de la Naturaleza expone lo siguiente:

"Ahora bien, toda realidad antropo-social depende, en cierta manera (¿cuál?), de la física, pero toda ciencia física depende, en cierta manera (¿cuál?), de la realidad antropo-social.

Desde ahora descubrimos que la implicación mutua entre términos se embucla en una relación circular que es preciso elucidar:
física→ biología→ Antropo-sociología→

Pero al mismo tiempo vemos que la elucidación de semejante relación topa con una triple imposibilidad:
1. El circuito física biología antropo-sociología invade todo el campo del conocimiento y exige un saber enciclopédico imposible.
2. La constitución de una relación, allí donde había disyunción, plantea un problema doblemente insondable: el del origen y naturaleza del principio que nos ordena aislar y separar para conocer, el de la posibilidad de otro principio capaz de volver a unir lo aislado y lo separado.
3. El carácter circular de la relación física antropo-sociología

adquiere la figura de un círculo vicioso, es decir, de absurdo lógico, puesto que el conocimiento físico depende del conocimiento antropo-sociológico, el cual depende del conocimiento físico y, así sucesivamente al infinito. No tenemos aquí una rampa de lanzamiento, sino un ciclo infernal.

Topamos, pues, tras esta primera vuelta a la pista, con un muro triple: el muro enciclopédico, el muro epistemológico y el muro lógico. En estos términos, la misión que he creído que debía asignarme es imposible. Hay que renunciar a ella." (Morin,1999:25)

En Morin resulta claro, por una parte que en la concepción clásica científica, la interpretación del mundo fenoménico pasa por una elaboración de principios simples, de forma que la noción de complejidad se resuelve mediante una razón que ignora los detalles. Esa necesidad de superación de la totalidad, deja de lado la religancia, particularizando los saberes, al convertirlos en compartimientos estancos, donde la superespecialización conduce inevitablemente a la ignorancia. No podemos abordar la complejidad desde el parcelamiento simplificado del pensamiento. (García: 51)

En relación a la simplificación, este texto de Morin ilustra claramente la perspectiva en cuestión:

Mandamientos del paradigma de simplificación
1.Podemos decir que el principio de la ciencia clásica es: legislar. Corresponde al principio del derecho, quizás. Es una legislación, pero no es anónima, que se encuentra en el universo, es la ley. Y ese principio es un principio universal que fue formulado por el lugar común: "Sólo hay ciencia de lo general", y que comporta la expulsión de lo local y de lo singular. Ahora bien, lo que es interesante es que, en el universo incluso, en lo universal, ha intervenido la localidad.

En esta referencia Morin intenta señalar que no se puede concebir la totalidad si sus partes componentes, sus detalles no son objeto de reconocimiento.

3. El tercer principio de simplificación es el de la reducción o también de la elementalidad. El conocimiento de los sistemas puede ser reducido al de sus partes simples o unidades elementales que los constituyen.

Aquí entonces es donde aparece el reduccionismo como una evidencia de la simplificación con la que se pretende encarar el fenómeno complejo y que conduce a una pérdida de la noción que en lo complejo está incluido lo simple, es decir que la complejidad no excluye la simplicidad, sólo que no la confunde.

4. El cuarto principio simplificador es el del Orden-Rey. El Universo obedece estrictamente a leyes deterministas, y todo lo que parece desorden (es decir, aleatorio, agitador, dispersivo) sólo es una apariencia debida únicamente a la insuficiencia de nuestro conocimiento.

El pensamiento complejo “quiere comprender la organización, asociar lo que está separado, como el orden el desorden, el sujeto el objeto” (García: 52) superando así la simplificación que involucra una visión reduccionista basada en el pensamiento racional. Es articular lo disjunto y complejizar lo simple. (Morin, 1999: 33)

5. La antigua visión, la visión simplificante, es una visión en la que evidentemente la causalidad es simple; es exterior a los objetos; les es superior; es lineal. Ahora bien, hay una causalidad nueva, que introdujo primeramente la retroacción cibernética, o feedback negativo, en la cual el efecto hace bucle con la causa y podemos decir que el efecto retroactúa sobre la causa. Este tipo de complejidad se manifiesta en el ejemplo de un sistema de calefacción de una habitación provisto de un termostato, donde efectivamente el mismo termostato inicia o detiene el funcionamiento de la máquina térmica.

Ese efecto de retroalimentación es lo que constituye la recursividad que representa la superación del principio del feed-back o retroacción, sustituyéndolo por las nociones de autoproducción y autoorganización, donde los elementos intervinientes son producto y productores simultáneamente (poiesis). Este principio de la circularidad rechaza la reducción de la complejidad, porque mantiene el movimiento, en una suerte de círculo virtuoso, reflexivo y generador de pensamiento complejo. (Morin, 1999: 32)

6. Sobre la problemática de la organización, no quiero insistir. Diré que en el origen está el principio de emergencia, es decir que cualidades y propiedades que nacen de la organización de un conjunto retroactúan sobre ese conjunto; hay algo de no deductivo en la aparición de cualidades o propiedades de todo fenómeno organizado. En cuanto al conocimiento de un conjunto, es necesario pensar en la frase de Pascal que suelo citar: "Tengo por imposible concebir las partes al margen del conocimiento del todo, tanto como conocer el todo sin conocer particularmente las partes".

Aquí se manifiesta la hologramática, que trata del principio sistémico en el cual las partes están en el todo pero también el todo está en las partes, de manera pues que el Individuo es un elemento de la sociedad, así como la sociedad está reflejada en cada individuo, en sus expresiones culturales.

12. y 13. Ahora, llego al último punto, que es el más dramático. El conocimiento simplificante se funda sobre la fiabilidad absoluta de la lógica para establecer la verdad intrínseca de las teorías, una vez que éstas están fundadas empíricamente según los procedimientos de la verificación. Ahora bien, hemos descubierto, con el teorema de Gödel, la problemática de la limitación de la lógica. El teorema de Gödel ha demostrado los límites de la demostración lógica en el seno de sistemas formalizados complejos; éstos comportan al menos una proposición que es indecidible, lo que hace que el conjunto del sistema sea indecidible. Lo que es interesante en esta idea, es que se la puede generalizar: todo sistema conceptual suficientemente rico incluye necesariamente cuestiones a las que no puede responder desde sí mismo, pero a las que sólo se puede responder refiriéndose al exterior de ese sistema.
Como dice expresamente Gödel: "El sistema sólo puede encontrar sus instrumentos de verificación en un sistema más rico o metasistema". Tarski lo dijo también claramente para los sistemas semánticos. Los metasistemas, aunque más ricos, comportan también una brecha y así seguidamente; la aventura del conocimiento no puede ser cerrada; la limitación lógica nos hace abandonar el sueño de una ciencia absoluta y absolutamente cierta, pero es necesario decir que no era sólo un sueño

El problema de la lógica lo aborda Morin desde una metalógica, pues si se pretende resolverlo con una lógica propia, sería en un ejercicio tautológico, de manera que la lógica compleja debe verse desde la dialógica, en el que se unen dos ideas o principios que por su naturaleza son contrarios, pero que no pueden ser separados a objeto de tener la comprensión de una misma circunstancia.

El Método se opone aquí a la concepción llamada “metodológica” en la que es reducido a recetas técnicas. Como el método es cartesiano, debe inspirarse en un principio fundamental o paradigma. Pero la diferencia aquí es precisamente de paradigma, no se trata ya de obedecer a un principio de orden (excluyendo el desorden), de claridad (excluyendo lo oscuro), de distinción (excluyendo las adherencias, participaciones y comunicaciones), de disyunción (excluyendo el sujeto, la antinomia, la complejidad), es decir, un principio que una la ciencia a la simplificación lógica. Se trata por el contrario, a partir de un principio de complejidad, de unir lo que estaba disjunto. (Morin, 1999:37)

Esa unión implica entonces el recurso de una metaepistemología que considere al investigador como sujeto parte de la investigación, en la que se involucren categorías que trasciendan las propias.


Referencias Bibliográficas

García M., Alejandro (2008) Simple/Complejo. En: Revista Estudios Culturales. Unidad de Estudios Culturales. Pp. 49-59. Doctorado en Ciencias Sociales. Universidad de Carabobo. Vol. 1Nº 1 Enero-Julio

Morin, Edgar (1984) Ciencia con Consciencia. Anthropos: Barcelona


___________ (1999) El Método I: La Naturaleza de la Naturaleza. Ediciones Cátedra S. A.: Madrid

__________ (2000) Introducción al pensamiento complejo. Editorial Gedisa S.A.: España

___________ (2008) Epistemología de la complejidad. [Documento en línea]. Consultado el 20/01/09 en: http://www.pensamientocomplejo.com.ar/docs/files/Morin-Edgar-Epistemologia-de-la-Complejidad.pdf

Morin y la antropología de la complejidad

Hablar de la Antropología de la Complejidad nos obliga a hacerlo partiendo de Morin y su contexto. Nacido en París como judío sefardí en 1921, crece profundamente afectado por la desaparición de su madre, circunstancia que mitiga con su avidez por la lectura.

Muy joven mostraría su vocación revolucionaria, al hacerse comunista, pero diferencias con las posturas de su partido provocarían su expulsión en 1951. Luego de la II Guerra Mundial y habiéndose retirado del Ejército Francés, Morin realiza estudios en el área de la biología y la teoría de sistemas.

Escritor prolífico, en su obra “El hombre y la muerte”, Morin le da forma a su cultura transdisciplinaria, encontrándose en ella elementos de geografía social, etnografía, prehistoria, psicología infantil, psicoanálisis, historia de las religiones, mitología, historia de las ideas, filosofía, entre otras.

“Nuestra Antropología de la muerte, fundada en la pre-historia, la etnología, la historia, la sociología, la psicología infantil, la psicología total, si quiere afirmarse como auténticamente científica, debe encontrar ahora sus confirmaciones biológicas.” (El hombre y la muerte) p. 85

Desde el Comité del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), trabaja en la idea de una “democracia cognitiva”, bajo los principios de que los conocimientos científicos deben difundirse entre los ciudadanos, dado que la ciudadanía requiere de ellos para tomar sus decisiones ético-políticas y ejercer plenamente sus derechos.
En Morin resulta imprescindible el abordaje de sus núcleos problemáticos para comprender la propuesta compleja:

Individuo/Sociedad/Especie
Se trata de una relación complementaria, en la que el Individuo se encuentra insertado en una Sociedad que como consecuencia de su evolución (regresión) como Especie, en la que se dan relaciones contradictorias.

“Así se comprende el sentido de la transformación progresiva-regresiva, que, creando al hombre, ha creado una nueva referencia individuo-especie. La desagregación de las especializaciones antropoideas, operadas por la regresión, simultáneamente a la desmomificación del instinto, convertido en inteligencia han desposeído ambas al phylum, a la especie, de sus atributos prácticos en provecho del pseudo-phylum, la sociedad, que alimenta al individuo. El mismo movimiento hace del hombre un individuo auto-determinado y un microcosmos indeterminado abierto a las posibilidades de la naturaleza, al tiempo que lo empuja hacia la evolución.” (El hombre y la muerte) p. 92

Antropología como ciencia del fenómeno humano (fenomenología)

- La Antropología es la ciencia del fenómeno humano, Morin concibe el estudio del fenómeno social, desde la complejidad, intentando traducirlo. (Ciencia como consciencia, p. 18) Se refiere al fenómeno como un fenómeno social total, tomado de Mauss, cuya naturaleza es multidimensional, pues tanto la sociedad como sus instituciones están relacionadas y en ella interactúan múltiples dimensiones, psicológicas, sociales y culturales. En este sentido, Gurvitch distingue entre estructura y fenómeno social total, orientándose la polémica en torno a la irreductibilidad del fenómeno social total a las estructuras. Esto forma parte del debate entre la Sociología y la Antropología y sus respectivos paradigmas positivista y estructuralista (Levi-Strauss), a partir de los cuales Morin invita a ver las partes y el todo de forma integral, tomando distancia de este debate en el sentido de proponer una visión que incorpora a ambas teorías desde una perspectiva no excluyente para ninguna.

Fenomenología

- La fenomenología es un término que en su origen representaba la doctrina de la apariencia. En la filosofía contemporánea, su autor más representativo, Husserl, desarrolla la fenomenología como un método cuyo propósito es estudiar los fenómenos, las apariencias originarias, que se presentan en el transcurrir de la experiencia humana, cuando se sobrepone toda consideración sobre su realidad objetiva o asociación subjetiva. En este sentido, se logra exponer la estructura fenoménica, la esencia (eidos), base para la demostración de la conciencia científica como generadora de objetos ideales. (Muñoz, p 274)

Recursividad/Dialogismo/Hologramática
- La recursividad nos plantea la superación del principio del feed-back o retroacción, sustituyéndolo por las nociones de autoproducción y autoorganización, donde los elementos intervinientes son producto y productores simultáneamente (poiesis).
- El principio dialógico une dos ideas o principios que por su naturaleza son contrarios, pero que no pueden ser separados a objeto de tener la comprensión de una misma circunstancia.
- La hologramática trata sobre el principio sistémico en el cual las partes están en el todo pero también el todo está en las partes, de manera pues que el Individuo es un elemento de la sociedad, asi como la sociedad está reflejada en cada individuo, en sus expresiones culturales.

Incertidumbre
- El hombre siempre ha vivido en la incertidumbre. La vida como una constante contradicción entre fe y escepticismo, creación y destrucción; en ello encontramos la contradicción: el pensamiento hegeliano pacifica la contradicción con la Síntesis que Morin rescata, pues para la comprensión de la complejidad, necesitamos la contradicción.

Religancia
- Morin se refiere a la unión simbólica en una relación orgánica de naturaleza, tribu y masa, vale decir la tríada: Individuo/Sociedad/Especie

Complejidad
- La complejidad está reflejada en la incertidumbre, como condición humana en la que intervienen tanto el conocimiento como la historia, de forma recursiva, pues una coproduce a la otra, es decir ambas la alimentan. En la complejidad, la intención es integrar al hombre, no para reducirlo, sino para distinguirlo. En la complejidad están presentes las causas reproductoras y desintegradoras simultáneamente, la incertidumbre y la certeza, el orden y el caos, pero todo ello en un contexto de organicidad.

Reflexión Final

En la discusión filosófica contemporánea, sin duda alguna, Morin representa una importante referencia en cuanto a la consideración del mundo, el hombre y las circunstancias que rodean su paso por esta realidad. Ahora bien, es también importante reconocer que en torno a las ideas morinianas hay un no menos importante debate en relación a la naturaleza de la tesis planteada y su caracterización como paradigma.

Sin entrar en la discusión de lo que significa la construcción de un paradigma, nos referiremos a lo que éste representa: un paradigma es de naturaleza fundacional, por cuanto de él se derivan prácticas y estas se encuentran vinculadas a un método, lo que permite la elaboración de un discurso.

El pensamiento complejo no pretende ser un paradigma, pues de lo que se trata es de la elaboración de una propuesta teórica para comprender y abordar una realidad que es multidimensional, lo que constituye una elaboración de orden fenomenológica integral.

En Morin es importante reconocer que su dialéctica plantea que el hombre no puede ser encasillado como un puro en sí ni un para sí, es decir, no podemos ver al hombre aislado de la realidad que le circunda, ni tampoco separado de su esencialidad, en ello radica su fenomenología y entonces en esa multidimensionalidad observamos como en una relación recursiva el hombre se interesa por el mundo al que pertenece pero a su vez ese mundo influye sobre su ser y de esa forma en una dinámica complementaria y antagónica, va construyendo su realidad, que es compleja partiendo de esas dimensiones múltiples, pero que es simple por la forma en que esta se reproduce, pues el hombre contiene una pequeña parte de todo aquello que le rodea, él contiene elementos representativos de ese ambiente en el que se encuentra insertado.

El pensamiento de Morin invita a ver al hombre y la ampliación de su capacidad de percepción, conocimiento, entendimiento y reflexión a partir de la ausencia de separación entre el hombre y su circunstancia. Entender al hombre inmerso en una dimensión múltiple de la que puede alimentarse y a la que puede nutrir en una persistente interacción, en la cual se encuentran reflejadas diversas disciplinas, que aun siendo contradictorias, desde la perspectiva moriniana, se complementa para ofrecer una visión integral de esa denominada fenomenología social total.

Referencias Bibliográficas
Araya, Domingo. (2004) Pensamiento Político. Aplicaciones didácticas. (1ª ed.) Cooperativa Editorial Magisterio: Colombia

González, Sergio (2002) Pensamiento Complejo. Cooperativa Editorial Magisterio: Colombia

Morin, Edgar (1999) El hombre y la muerte. Editorial Kairós S.A.: Barcelona

__________ (2000) Introducción al pensamiento complejo. Editorial Gedisa S.A.: España

Muñoz, J. y J. Velarde (2000) Compendio de Epistemología. Editorial Trotta: España

sábado, 4 de abril de 2009

EL 4F Y SUS REPERCUSIONES SOBRE EL LIDERAZGO NACIONAL*

(Este ensayo fue elaborado para la asignatura Antropología Política, en 1995, me parece interesante reflexionar sobre algunos aspectos planteados)


El estudio del fenómeno de liderazgo en Venezuela está íntimamente ligado al desarrollo de la historia política nacional, a la evolución de la nación, desde la Capitanía General hasta la República de Venezuela. El recurso del análisis histórico nos permite reconstruir las características de la cultura política del Venezolano en base a todo ese proceso.

En principio, es necesario partir de la condición de la identidad nacional, del sentimiento nacional del venezolano para poder establecer las características del liderazgo en nuestro país.

En Venezuela el liderazgo ha estado tradicionalmente vinculado a la noción del Caudillismo; en palabras de ELISA LERNER (1), el líder venezolano, más que líder ha sido un caudillo dedicado al “cultivo de una pequeña parcela...” con poca preparación. No se trata de un liderazgo en el sentido estricto del ejercicio de la conducción dirección e influencia sobre los demás miembros de un grupo humano; no ha estado basado en la encarnación de un “modelo”, ha sido más bien el desarrollo de un patrón de caudillismo regional que data de la época de la colonia y que se mantuvo a lo largo de la Guerra de la Independencia y de las Guerras Civiles, consolidándose hacia finales del siglo pasado y principios del presente.(2)

Es difícil precisar la estructura de nuestra identidad nacional, cuando nuestra historia ha estado condicionada por el fenómeno de la ruptura, de la discontinuidad con el pasado. Nuestro país es un país sin memoria (3) al que le fue arrebatada la herencia aborigen para imponerle la cultura ibérica del colonizador. Sobre esta base tan débil es difícil construir un auténtico liderazgo, es improbable que pueda surgir un líder con las características teóricas que le deben acompañar: autoridad moral, capacidad para dirigir e influir sobre las masas, poder de convocatoria.

Cuando Elisa Lerner habla de nuestro líderes que cultivan una pequeña parcela, se refiere a que no ha sabido ejercer lo que es un verdadero liderazgo, asumir lo que significa la conducción de un pueblo, es decir, que ha sido insuficiente su desempeño porque ha estado orientado hacia la satisfacción de fines egoístas, ajenas a las necesidades de un colectivo. Por otra parte, nuestra condición económica de país dependiente, ha permitido que en el escenario del ejercicio político del poder, intervengan fuerzas no nacionales que han influido directamente en el liderazgo local, (esto con referencia a las actividades de transnacionales quienes reclutan dirigentes políticos con el fin de proteger sus intereses).

La escasa conciencia de una identidad nacional, el débil sentimiento producto de esa reducida memoria de la que hablábamos, nos obliga a reconocer que no tenemos un proyecto nacional (valores, motivaciones) que defender o por el que luchar, lo cual determina que nuestros líderes no posean un fundamento ideológico real (4) , con las excepciones de estadistas como Betancourt y Caldera, honrosas por demás, que logre cohesionar a la sociedad tras de ellos.

Nuestra historia política reciente, luego de la caída de Pérez Jiménez, ha presentado un canon para el ejercicio de la conducción política. Los dirigentes que conforman la generación creadora de la democracia venezolana, esa generación del 28 que lucho contra Gómez y que luego enfrentó a Pérez Jiménez, se convirtió en el modelo a seguir y ellos mismos establecieron cuáles serían las reglas del juego. El liderazgo que emergió del 58 ha mantenido desde entonces, el discurso que los califica como mártires de la democracia; que fueron sus sacrificios y sus luchas contra los dictadores, lo que permitió que se pudiera construir un régimen democrático en nuestro país.

Semejantes recursos no pueden conferirle al liderazgo venezolano otra connotación que no sea la de un notorio personalismo, es decir, que se mantiene la tendencia hacia la supremacía de una individualidad, de condiciones únicas, que se traduce en caudillismo.

Este ha sido el escenario desde 1958, con las variantes que haya podido producir la renovación de la dirigencia política nacional, más no de la inspiración que los mueve, pues los jóvenes políticos presentan las mismas o casi iguales características; lo que cambian son sus caras.

Las carencias de una errada conducción política y la gravedad de una insana economía fueron conduciendo al país a una inevitable crisis conyuntural, donde el logro de los objetivos fundamentales de la sociedad comenzaba a hacerse prácticamente imposible. Las bases de la nación: relaciones económicas, políticas, culturales e ideológicas comenzaban a agrietarse degenerando en una crisis estructural.

El país perdió la brújula luego de que disminuyeron los ingresos extraordinarios (petrodólares); el Estado que había crecido en forma desproporcionada colapsó al no poder satisfacer las demandas de una población que cambió sus costumbres a la luz de un mundo irreal y superficial, que le fue impuesto bajo la creencia de que “todo es posible”.(5)

La inestabilidad económica, la ausencia de liderazgo, la ineficiencia del Sistema Político, la depauperación del nivel de vida, la inseguridad colectiva, las fallas de los servicios públicos, comenzaron a conformar una bomba de tiempo que estalló en Febrero de 1989 con el descontento social y que tres años después, el 4 de Febrero de 1992, alcanzó su punto máximo con la primera intentona golpista.

La acción del “Movimiento Bolivariano Revolucionario 2000” modificó por completo el momento histórico político que se estaba viviendo en el país, pues aparece la figura de HUGO CHÁVEZ, cambiando el rumbo de los acontecimientos. El “4-F” marca el inicio de una nueva etapa en la vida democrática venezolana; quizás representando la última oportunidad, pues está en juego la permanencia del sistema político.

La globalización de los conflictos que aquejaban al país, la violación sistemática de algunos preceptos consagrados por el Estado de Derecho, la represión, la crisis económica, condujeron a la creación del MBR-200 en 1983, por parte de un grupo denominado COMACATE (Comandantes o Tenientes-Coroneles, Mayores, Capitanes y Tenientes). El objetivo del movimiento, que nace el año del Bicentenario del Natalicio del Libertador Simón Bolívar, “no era de carácter político... Allí se formó el semillero de un movimiento esencialmente democrático... descubrimos al maestro Simón Rodríguez y al líder Simón Bolívar y al guerrero Ezequiel Zamora”.(6)

Inicialmente el MBR-200 se planteó realizar un estudio de la situación político-social de la nación, “El MBR-200 es nacionalista en cuanto propone un auténtico Vuelvan Caras, un profundo rescate de nuestra identidad, a través de la puesta en marcha de una política de consolidación nacional”.(7) Bajo esta bandera el movimiento liderizado por el Comandante Chávez se rebeló ante la autoridad legal, a quien con su acción le restó la poca legitimidad que le quedaba.

Luego de los sucesos de Febrero de 1992 y del posterior intento golpista del 27 de Noviembre del mismo año, la figura de Hugo Chávez se fue convirtiendo en la de líder de la población; no sólo arrasen los estratos sociales más bajos de la pirámide social, sino que provocó la admiración de las capas intermedias de la sociedad. Los más variados intelectuales, artistas, figuras públicas, se pronunciaron para alabar las virtudes y excepcionales cualidades de Chávez.

Fue en ese momento, reflejo de la imagen todavía latente del “por ahora” televisado, que se le reconoció como líder, aquel que fue entrevistado por Laura Sánchez del EL NACIONAL en los días posteriores a la intentona, de manera transgresora, violando toda disposición oficial y burlando la autoridad del líder del tercer mundo.(8)

La actitud de Hugo Chávez contrastó con la del entonces Presidente de la República. Su imagen destronó definitivamente a Pérez enviándolo al rincón más olvidado de la historia, cediéndole su lugar al Comandante. El fenómeno Chávez arrastró a todos, bien de acuerdo con él o enfrentándolo, pero lo único cierto es que su acción no le fue indiferente a nadie, pues fue ganándose un espacio en la escena política nacional, convirtiéndose en ese líder que lucía ausente.

Un líder es aquella figura que logra conducir, dirigir, guiar a un grupo humano con el propósito de alcanzar objetivos comunes. El líder tiene poder, pero es preciso tener claro que no todo el que tiene poder es líder.(9) El hecho de que Hugo Chávez, al mando de la operación clave, asumiera la responsabilidad de toda la acción, no sólo reflejó poder sino que le confirió una imagen moral que nadie en ese sentido se había ganado hasta entonces, en un país donde no se es responsable de nada. Allí nació el fenómeno de Chávez que fue conformado su liderazgo circunstancial.

Las razones para catalogar a Chávez como un líder circunstancial se originan en la naturaleza de su liderazgo. Es cierto que su mensaje llega a las masas, que estas lo siguen, pero es preciso examinar el carácter de su liderazgo y de su mensaje.

Las características de Hugo Chávez se inscriben con facilidad en las categorías de liderazgo carismático populista que señala Gustavo Martín. “El populismo es moralista; es un movimiento, no un partido el que acompaña al líder; la ideología es imprecisa; se opone al orden establecido; busca la unidad nacional; si participan militares, son de graduación media; es nostálgico; posee una base popular; no tiene una doctrina propia; son nacionalistas y se trata de un liderazgo carismático populista”.(10)

Ante todo lo dicho por Martín, es justo ubicar a Chávez bajo este esquema. Su discurso se maneja en el terreno del nacionalismo, sus apelaciones se basan en el patriotismo que considera como el recurso para recuperar el sentido de nación que hemos perdido.

El liderazgo de Chávez surge en el momento más crítico de la historia política contemporánea; ante tanta indiferencia oficial, ante la incapacidad de una dirigencia política, surge el Comandante como la válvula de escape, como ese elemento cohesionador que toda masa descontenta necesita para no desbocarse. El pueblo venezolano había estado huérfano de un guía, y en medio de la coyuntura, encontró en Chávez esa figura de apoyo que tanto necesitaba. Fue su valor para llamar a las cosas por su nombre, y declarar que su movimiento reflejaba el clamor de la mayoría de la población, lo que ha venido convirtiéndose en ese líder que reclamaba el país.

Ahora habría que profundizar en el rol que Hugo Chávez está cumpliendo, en el contexto de un Sistema Político que no satisface las demandas de la población. El está llenando un vacío que nadie había podido ocupar, no por falta de ambición, sino de condición. Su figura parecería estar devolviéndole al pueblo fe y confianza en sí mismo, porque Chávez es reflejo de su pueblo y tiene una elevada autoestima, cosa de la que hemos carecido siempre.

La duda radica en que ese liderazgo circunstancial pueda transformarse en algo permanente, en que Hugo Chávez sepa encarar el futuro y pueda soportar el peso de la responsabilidad que significa servir de ejemplo para una población que no ha tenido buenos modelos.

El reto que se le presenta a Chávez tiene varios horizontes. Debe ordenar su planteamiento político de manera de darle consistencia ideológica; actualizar su discurso de manera que las mentes receptoras de su mensaje bolivariano sean capaces de descifrarlo en el contexto del mundo que vivimos hoy, pues es preciso que en el manejo de las nociones de nacionalismo, si se quiere moldear la conducta política del venezolano, se evite llegar a los extremos del fanatismo; finalmente, es necesario que desista de jugar al caos, con pensamientos escandalosos, pues ser profeta del desastre lo aleja de ese papel catártico que inicialmente nos había planteado, el queremos liberar de esa imagen del dirigente político falso y demagogo que sólo conocíamos y que él manifestaba ser la antítesis.

Sería absurdo negar la influencia de la imagen de Hugo Chávez, sobre algunos sectores de la población y es que, definitivamente ha llegado a convertirse en la respuesta a muchas necesidades que se relacionan con esa carencia de un pasado coherente y con la falta de verdaderas referencias que nos permitan alcanzar la cohesión que en toda nación debe privar a la hora de enfrentar retos.

En Chávez reconocemos al venezolano que practica un culto patriótico de veneración a las raíces bolivarianas y de cumplimiento del deber, hechos a los cuales no hemos estado acostumbrados; pero también se nos presenta con debilidades, lógicamente propias de todo ser humano, pero que si se quiere ser conductor de masas, es preciso corregir, de manera que pueda ofrecer un auténtico liderazgo.

Es muy cierto que Hugo Chávez no reúne todas las condiciones que teóricamente debe poseer un líder (anteriormente hemos señalado el carácter de su liderazgo), pero ante las pocas opciones a las que hay lugar, luce quizá como el más apropiado en este momento de coyuntura, asumiendo una responsabilidad que le confiere valores desconocidos por nuestros dirigentes.(11)

Finalmente debemos reconocer que no estaba en los cálculos, ni del MBR-200 ni de Chávez, la popularidad que desató su figura, porque de lo contrario se hubiese preparado una plataforma más sólida para su proyección, notándose que fue un hecho completamente inesperado, teniendo que construir sobre la marcha. Su permanencia en la escena política venezolana dependerá de su preparación y de la capacidad de interpretar las necesidades y expectativas de sus seguidores, de lo contrario estará destinado a ser un fenómeno político pasajero.

1 LERNER, Elisa. VENEZOLANOS DE HOY EN DÍA: DEL SILENCIO POSTGOMECISTA AL RUIDO MAYAMERO. Pág. 4 en EL CASO VENEZUELA.

2 MAZZEL, Jesús. EL ROL DEL LIDERAZGO EN LA CRISIS POLÍTICA. Pp. 6-8

3 LERNER, Elisa. Ídem.

4 esto es si atendemos el planteamiento de la dificultad de construir un verdadero liderazgo con las condiciones que nos rodean, de la ausencia de un pasado coherente.

5 CABALLERO, Manuel. LAS VENEZUELAS DEL SIGLO VEINTE. Pág. 190.

6 ZAGO, Angela. LA REBELIÓN DE LOS ANGELES. Pág. 22.

7 Ibidem. Pág. 48

8 se quiere señalar el efecto arrollador que provocó Chávez, a diferencia de los otros Comandantes, para llegar hasta esos extremos de audacia con el fin de conocer sus ideas y opiniones.
9 MAZZEL, Jesús. Op. Cit. Pág. 8.

10 MARTÍN, Gustavo. ENSAYOS DE ANTROPOLOGÍA POLÍTICA. Pp. 149-156.

11 Recordemos el discurso del entonces Senador Vitalicio Dr. Rafael Caldera ante el Congreso de la República el día de la intentona golpista de 4-F, donde señalaba las virtudes de los Comandantes al desechar las apreciaciones de ciertos políticos que llegaron a calificarlos de mercenarios.

* Publicado en la revista PRINCIPIA. Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado Año 2 - Nº 3. Octubre 1995.

sábado, 28 de marzo de 2009

Sobre la Universidad de Carabobo y sus circunstancias actuales

A mis amigos que sienten que me he radicalizado, debo confesarles que estoy tratando de ser prudente. Debe ser que mi reacción ha sido muy dura, pero yo no puedo responder de otra forma. Siento dolor, indignación y rabia: dolor porque se trata de un ser humano, no me interesa cuáles hayan sido sus inclinaciones políticas; indignación porque esto era algo que todos sabíamos, tarde o temprano, nos tocaría de cerca y rabia porque me siento indefensa ante tanta pasividad.

Yo vengo de la universidad privada, donde no hay capuchas, ni violencia, ni nada: se va a estudiar y ya. La universidad autónoma, es otro mundo, donde las personas tienen la posibilidad de construir un espacio en el que confluyan diversas corrientes de pensamiento y creencias, eso es la UNIVERSIDAD. Las distintas expresiones se organizan en torno a un sistema de valores, donde las coincidencias tienen que ver con los procedimientos y el respeto por la norma, son las propuestas las que los diferencian. Esa es la universidad en la que yo creo.

De unos años para acá la realidad de mi universidad es otra: me he habituado a que con el sonar de las cornetas de los autobuses, salimos todos corriendo de nuestros salones antes de que llegue la “capucha” a sacarnos. Se hace costumbre que antes de un proceso electoral, las amenazas e intentos de saboteo se produzcan en las instalaciones universitarias. A muchos nos parecía inaudito que todos reconocen el problema, pero nadie hace nada para resolverlo.

En los dos últimos eventos electorales que hemos vivido: las elecciones rectorales de noviembre de 2008 y las elecciones decanales de marzo de 2009, hemos sido víctimas directas de la violencia intra-universitaria. Ya no se trata del miedo que tenemos de estar en nuestros salones de clase, por temor a que nos asalten, o salir al estacionamiento de profesores después de las 9 de la noche; se trata de la imposibilidad de hacer nuestra vida universitaria sin angustia ni sobresalto.

El día viernes 20 de marzo, en pleno cierre de campaña de la Prof. Mariella Abraham, fuimos atacados por unos sujetos encapuchados que nos rociaron de gasolina, portando armas de fuego, cortas y largas. El miércoles 25 de marzo, hacia el cierre de la jornada electoral fuimos interrumpidos por sujetos armados que irrumpieron en el edificio de la Faces, por lo cual tuvimos que realizar el escrutinio de las mesas, escondidos en nuestros cubículos profesorales.

Mientras esperábamos que se calmara la situación, un dirigente estudiantil me repetía: “ profe, tranquila que no va a pasar nada, no tenga miedo” Le respondí : “ ¿tú crees que puedo estar tranquila cuando fui rociada de gasolina por unos sujetos armados y tapados que pueden reconocer mi cara? Lo que no le dije a ese bachiller es que recién me informaban que habían asesinado a un estudiante…

A eso hemos llegado, a no sentir nada, a no sentir miedo, porque todo está “normal”. Es esa inercia, esa indiferencia, la que ha permitido esta tremenda pérdida del sentido institucional en nuestra universidad.

Creo que ha llegado el momento en que todos tomemos carta en el asunto, no podemos dejárselo a las autoridades nada mas, este problema es estructural, tiene raíces. Nosotros debemos formar parte de la solución y en este sentido es importante que las decisiones las tomemos todos los miembros de esta comunidad, porque es a todos a quienes afecta.

sábado, 7 de febrero de 2009

CULTURA MILITAR Y CULTURA DEMOCRÁTICA: ELEMENTOS PARA LA DEFINICIÓN DE LA CULTURA POLÍTICA EN VENEZUELA

El Sistema Político Venezolano actual, fue construido sobre las bases de un acuerdo político logrado por los principales actores políticos de ese momento histórico (1958) que firmaron el Pacto de Puntofijo, donde se establecieron las reglas que habrían de controlar el juego democrático, definiendo así el objetivo fundamental del mismo: la consolidación del régimen democrático. Los partidos políticos Acción Democrática (AD), Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) y Unión Republicana Democrática (URD); el principal organismo económico nacional, Federación Venezolana de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción (FEDECAMARAS), la Central Obrera, Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV); Fuerzas Armadas e Iglesia Católica se comprometieron a actuar solidariamente para preservar la naciente democracia, con lo cual se concretó un importante vínculo entre partidos, grupos económicos y Estado. Las Fuerzas Armadas sirvieron de garantía para la continuidad democrática y la Iglesia Católica representó el apoyo moral al naciente régimen.

Este conjunto de correlaciones de fuerzas políticas, económicas y sociales definieron el sistema hegemónico que predominaría en nuestro país. Los partidos políticos se convirtieron en los actores públicos de mayor peso y los grupos económicos tradicionales se mantuvieron en una excelente posición para la preservación de sus privilegios de clase.

Inicialmente, el pacto funcionó a través de un consenso activo. Sin embargo, a medida que los distintos actores sociales se fueron posicionando dentro del bloque establecido, quedó clara la vulnerabilidad de las clases subalternas ante los grupos dominantes, pues evidentemente habían sido desplazadas; prueba de la desactivación de las fuerzas subalternas es la exclusión del Partido Comunista de Venezolano (PCV) del acuerdo y el desplazamiento de la Junta Patriótica.

La relación entre Estado, partidos políticos y grupos económicos no sólo favorecía a los últimos, sino que lesionaba significativamente los intereses de las clases subalternas. Las demandas de la sociedad debían ser canalizadas a través de las estructuras partidistas, pues estas organizaciones políticas habían penetrado todas las instancias del Estado (aparato burocrático).

La hegemonía de la clase dominante sobre las clases subalternas que en un principio fue lograda a través del consenso, se mantuvo por la represión y la coerción del aparato burocrático degenerando en un consentimiento pasivo, -ubicándose éste en el momento en que URD se retira del Pacto de Puntofijo- que vendría a caracterizar nuestro bloque histórico.

Dentro del proceso de desarrollo del bloque histórico en el seno del sistema político, se fueron generando una serie de vicios y fallas que posteriormente conformarían el escenario para la aparición de la crisis hegemónica que se manifiesta hacia finales de la década de los 80 y principios de los 90, “… es en el funcionamiento del sistema político –en tanto en él se colocan los compromisos constitutivos- donde se halla la clave del funcionamiento y de la crisis del Estado… (Portantierro, 1981: 25).

La corrupción, ausencia de liderazgo, crisis de valores y pérdida de legitimidad de las instituciones representan las manifestaciones visibles de la crisis hegemónica, que no es otra cosa que el agotamiento de la estructura de las correlaciones de fuerzas políticas, económicas, sociales y militares.

La crisis hegemónica viene dada por la conjunción de las variables mencionadas que implican una crisis política, pues se refieren al desplazamiento de los actores que intervienen en el mantenimiento de un orden global; las relaciones internas entre todos los componentes del sistema político sufren un proceso de reubicación en el bloque histórico.

Una vez que las instituciones fundamentales del sistema político comienzan a ser cuestionadas, el sistema hegemónico se resiente, pues la acción hegemónica se fundamenta en la capacidad directiva que tiene la clase dominante para mantener el orden establecido en función de sus intereses.

El sistema político en la figura de sus instituciones permitió que se instituyera la cultura de la corrupción, pues el clientelismo político y el consumismo delinearon las pautas para satisfacer necesidades, por ello se hizo de la corrupción una forma de vida. La omnipotencia del poder, la indiferencia de los dirigentes políticos hacia las necesidades de las clases subalternas, establecieron la ausencia de líderes de la escena política. La sustitución de nuestros valores tradicionales por aquellos producto de un intenso proceso de alienación, explica la actitud pasiva de la sociedad ante la incapacidad del sistema de resolver sus problemas.

Finalmente, dada la pérdida de legitimidad de nuestras instituciones fundamentales expresadas a través de su poca credibilidad y representatividad: legisladores, jueces, políticos, etc. fueron rechazados por las clases subalternas al ser vistos como responsables del deterioro moral del país, pues no han sido capaces de cumplir con el rol para el cual fueron elegidos.

Siendo el 27 de febrero la primera manifestación de la fisura del bloque histórico, comenzó a hacer crisis la hegemonía que había caracterizado al país por más de 30 años. La población fijó ante la clase dominante una posición de rechazo al sistema y por consiguiente, de repudio al pacto institucional: aquí se caracteriza la crisis hegemónica, cuando se desconoce el pacto constitutivo del sistema hegemónico.

La evolución de la crisis hegemónica siguió su curso, pues la clase dominante solo usó el recurso de la represión para tratar de mantener el relativo orden.

La clase dirigente y los grupos económicos fueron sordos ante el clamor popular de un cambio en las relaciones de poder. A pesar de la permanente amenaza de una nueva protesta social, el poder político ignoró la situación, hasta que otro actor social apareció en el escenario político, agudizando el problema.

El 4 de febrero de 1992 se produjo el primero de dos intentos de golpes de Estado que sucedieron ese año. Un sector de la oficialidad de las F.F.A.A. de baja y media graduación se rebeló por cuanto el poder político estaba atentando contra la institucionalidad, siendo incapaz de cumplir con la función de representar y defender los intereses de las clases subalternas.

Ese mismo año, el 27 de noviembre un grupo de oficiales de alta graduación conspiró argumentando básicamente las mismas razones del primer grupo, aunque con diferente inspiración ideológica. Con esta segunda intentona golpista quedó definido el resquebrajamiento del bloque histórico construido sobre las bases del Pacto de Puntofijo y se agudizó la crisis hegemónica. El sistema iniciado bajo el compromiso de obedecer una determinada línea de acción política, fue cuestionado por uno de sus miembros fundamentales.

Influencia del Pretorianismo en el Sistema Político Venezolano

La Institución Militar en Venezuela, sin duda alguna, ha sido un actor político fundamental, no sólo a los efectos de la consolidación del sistema político, sino también de su sostenimiento, independientemente de su capacidad para mantener el control político exclusivo.

Esta circunstancia nos remite necesariamente a buscar las razones de tal comportamiento en los principios del Pretorianismo, definido por Samuel Huntington (1972: 177) como “la intervención de los militares en política.”

En este sentido, Huntington señala que es necesario distinguir las causas, de las consecuencias de la intervención. Para este autor existe una estrecha relación, que a veces ni siquiera se distingue, entre la intervención política y el faccionalismo militar, lo que pone de relieve el hecho causal: las mismas son siempre políticas y no militares. El intervencionismo no refleja las características sociales u organizacionales, sino la estructura política e institucional de la sociedad, con lo que queda clara la elevada politización de las instituciones sociales.

En otra definición, Mayer citado por Irwin (2002: 324) destaca que una sociedad pretoriana es aquella en la cual los militares juegan de manera ampliamente desproporcionada un rol político, esto debido al bajo nivel de institucionalidad desarrollado.

Por su parte López (en: Bobbio, Matteucci y Pasquino: 970) señala que la explicación del Militarismo se fundamenta en el aspecto situacional, en el que la inestabilidad política y la insuficiencia hegemónica conducen a la participación de los militares en la vida política.

En este sentido, resulta imprescindible diferenciar el Militarismo del Pretorianismo. En su acepción más amplia, el Militarismo hace referencia a una situación política en la cual el sector militar de una sociedad dada por una suerte de metástasis invade ésta, llegando a dominar todos los aspectos fundamentales de la vida social.[1]

Mientras que para Mundell citado por Irwin (2001: 250) señala que se da el Pretorianismo cuando: ...el sector militar de una sociedad dada ejerce influencia política abusiva recurriendo a la fuerza o la amenaza de su uso. Es una abusiva conducta militar para con la sociedad en general y particularmente la gerencia política de una sociedad dada.

El Pretorianismo, como modelo de ejercicio político, puede presentarse según Huntington de tres formas: (1972: 180)

Pretorianismo Oligárquico: se caracteriza por la existencia de camarillas personales y de familia.
Sociedad Pretoriana Radical: Grupos institucionales y de Ocupaciones.
Pretorianismo de Masas: Clases y movimientos sociales que dominan la escena.

Por su parte, Perlmutter citado por Irwin (p. 252) elabora una tipología del Pretorianismo en la que este puede presentarse antes del nacimiento de la institución militar formal: Histórico o se trata de una modalidad más propia de sociedades con institución militar consolidada: Moderno. El Pretorianismo Moderno puede ser latente o potencial, es decir que puede ser estimulado, o ser actuante o manifiesto, es decir más activo, como en el caso de los intentos de golpe. El Pretorianismo Actuante puede ser Gobernante o Arbitro. El modelo Gobernante puede darse por la vía Actuante, a través de golpes militares o Potencial, mediante el tutelaje militar al que se somete la sociedad. Finalmente el Árbitro, ocurre en aquellas sociedades donde la institución militar es quien dirime los conflictos de los civiles.

El Pretorianismo encuentra terreno fértil en América Latina, debido a la inexistencia o debilidad de las instituciones políticas y sociales. La ruptura colonial dejó como herencia instituciones muy frágiles que no pudieron soportar por una parte la desarticulación y por la otra el vacío, lo que fue ocupado por la violencia y los regímenes militares.

La inestabilidad política hace su juego en la medida que las fuerzas sociales no logran construir un entramado institucional sólido, con lo que la insuficiencia hegemónica, vista como la incapacidad de sector social alguno para imponer su proyecto a la sociedad en forma perdurable a partir de modalidades consensuales de dominación (Bobbio y otros, p. 972), genera las condiciones suficientes para justificar la incursión militar en la escena política.

En América Latina, el militar es visto como la tabla de salvación, el gendarme necesario o el salvador de la patria. Es una concepción de tanto arraigo, que han sido numerosas las dictaduras militares que se han instaurado en el hemisferio, con el propósito de garantizar la paz social y la estabilidad política como justificación.

En el Pretorianismo, el Ejército intercambia autonomía funcional por influencia política, como ocurre con otros actores políticos: los estudiantes que conjuntamente con los intelectuales y los militares, conforman las fuerzas activas del modelo pretoriano.

Los militares, en el Sistema Pretoriano Radical, solamente actuarán cuando la polarización entre las fuerzas sociales sea extrema. Sin embargo si llegan a identificarse con el régimen existente o muestran lealtad, las fuerzas contrarias no pondrán en peligro al gobierno.

El vínculo del poder civil con la institución a través del Alto Mando Militar, que ejerce inevitablemente una influencia incuestionable sobre las decisiones civiles, define al sistema político venezolano, caracterizándose por una institución que dado el monopolio legítimo de la violencia física que ejerce, en ocasiones no esconde su aspiración a lograr el control político, que justifica en el poder y la dominación que despliega a través del uso de la coerción.

Es la ausencia de control civil, definido como la subordinación del sector militar a las autoridades civiles legalmente constituidas (Olivieri y Guardia, p. 8) lo que ha permitido que la Institución Militar mantenga una relación de dominación sobre el poder civil, dado el monopolio de la violencia física que ejerce.

Nuestra tradición, desde la propia independencia, ha sido la del militar en el poder o muy cerca de él. La Fuerza Armada ha sido un actor político relevante en el ámbito de las representaciones sociales, con una influencia desmedida en la política nacional (Olivieri y Guardia, p. 6).

La razón la podemos encontrar en la realidad de un modelo de tutelaje militar que inevitablemente nos está conduciendo hacia el desarrollo de formas pretorianas de ejercicio del poder (Olivieri y Guardia). Vemos como para el civil la paradoja del militar se resume en la potestad del uso de las armas, de lo cual tiene su monopolio, que es lo que finalmente le va a permitir ejercer ese control político.

El sostenimiento del modelo democrático ha descansado históricamente en el apoyo de la Fuerza Armada, a través del Alto Mando, quien no solo controla a la institución, sino que además, tiene la potestad no otorgada pero ejercida, para desconocer y reconocer el poder político civil de la nación, en lo que pareciera ser una clara evidencia del control político.

Sin embargo, en algunos episodios históricos hemos observado como la Fuerza Armada no logran en su totalidad el control político interno y externo: en los dos intentos golpistas del 4 de Febrero y del 27 de Noviembre de 1992, los cuadros medios de la FAN en el primero y la alta oficialidad en el segundo, no logran una intervención definitiva del poder civil, por lo que se puede encontrar un cierto paralelismo con los sucesos de Abril de 2002, cuando el Alto Mando en una serie de decisiones contradictorias, definitivamente se desarticula como una estructura de poder -es decir, como actor político- lo que permite finalmente poner en duda su capacidad para mantener el control político exclusivo dentro del sistema político.


CONCLUSIONES

La cultura política en Venezuela resulta ser el encuentro de la herencia de quienes nos conquistaron conjuntamente con las particularidades que se fueron incorporando a partir del mestizaje social. En esta reflexión, hemos intentado describir las características de la democracia venezolana, para procurar dibujar lo que ha sido el fundamento de nuestra cultura política

A pesar de que nuestra Democracia fue consagrada constitucionalmente como representativa, este modelo no ha podido ser desarrollado por completo. Precisamente nuestra crisis de legitimidad es producto en gran medida de la escasa representatividad de nuestros dirigentes políticos; ello se debe fundamentalmente a la ausencia de credibilidad en su liderazgo.

La clase política venezolana descuidó su responsabilidad de orientar y guiar a sus electores y en lugar de ello se dedicó a fortalecer su posición hegemónica, defendiendo intereses particulares. La imagen del dirigente político se fue desvirtuando de tal manera que el venezolano no tuvo un líder en quien creer, a quien seguir.

Bajo estas condiciones, las relaciones de poder no permitían articular las demandas de sectores subalternos, para hacer efectiva su participación en la llamada Democracia Consensual, que el venezolano podía ejercer comicios electorales; la forma más usual era a través de la vinculación con uno de los partidos políticos del estatus (el clientelismo político). A medida que fueron perdiendo representatividad, el gobierno y las instituciones, aumentaron su ilegitimidad y en consecuencia contribuyeron a la desvalorización del régimen democrático.

Así se fue desarrollando un modelo hegemónico que terminó destruyendo la esperanza en una verdadera Democracia, pues el venezolano común, el sistema político venezolano no representaba sus intereses, no había posibilidad de participar en el proceso de toma de decisiones que le afectaban, no había líderes: un régimen que no refleja los valores del colectivo no tiene credibilidad.

Son muchos los factores que indican una crisis de hegemonía, pero en el objeto de esta reflexión, la pérdida de legitimidad es la manifestación más importante, por cuanto es el que mayor efecto genera en la institucionalidad democrática venezolana.

De la crisis militar podemos obtener referentes valiosos para poder comprender el agotamiento del modelo hegemónico venezolano. El 4F reveló el resquebrajamiento de la unidad interna de la Fuerza Armada, el 27N reflejó el descontento de algunos sectores militares con la corrupción moral que se apoderó de la cúpula militar.

Además, hay un hecho clave para fortalecer la idea del peso que tiene en la crisis hegemónica la pérdida de legitimidad: los valores y principios que salieron a defender y rescatar a los insurrectos, no son los mismos que le escuchamos a nuestros dirigentes políticos. Ahora bien, en las clases populares, a pesar de que no hubo un apoyo masivo a los alzamientos, la similitud de ideas y necesidades, es innegable. Las banderas de los movimientos insurreccionales fueron las mismas de los sectores subalternos: el rescate del país a través de una reconstrucción moral.

Esa articulación, probablemente lo que refleja es que la Fuerza Armada es un garante de la institucionalidad, pero también se puede comportar como actor político, por cuanto no está impedido de reconocer las debilidades institucionales y que por una tradición histórica de carácter hemisférico, ha tenido que actuar decididamente para preservar el equilibrio político en numerosas oportunidades.

En síntesis, nuestra cultura política está profundamente articulada con la cultura democrática, pero en ella también se encuentra un espacio significativo para los valores de la cultura militar de la cual no podemos distanciarnos porque ha formado parte de nuestro imaginario colectivo desde nuestros inicios como república. Quizás lo cabe esperar es que la cultura democrática logre imponerse por encima de tentaciones que pretendan ignorar lo que en esencia ha caracterizado a la cultura política venezolana: su fe inquebrantable en la libertad.

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[1] Irwin, D., p. 249