lunes, 19 de octubre de 2009

DEMOCRACIA Y MODERNIDAD

La democracia como expresión de la organización del poder político ha sido vista por la teoría política contemporánea, como una referencia de las sociedades modernas, sin embargo esta puede no ser una interpretación acertada, como bien lo señala Dahrendorf:

… cuando la democracia llega a regiones del mundo anteriormente gobernadas por regímenes autoritarios, el término se utiliza para englobar toda la gama de los valores modernos: libertad, ciertamente; igualdad, que Tocqueville fue el primero en llamar democracia, y, más recientemente, fraternidad. El término <> se convierte así en sinónimo de buena sociedad, y también esto es un desagradable error.

… La democracia es la voz del pueblo que crea instituciones, las cuales controlan el gobierno y hacen posible cambiarlo sin violencia. En este sentido el <>, el pueblo, es el soberano que da legitimidad a las instituciones de la democracia. (2002:10)

La Democracia es un modelo de conducción política que traduce una metodología de vida, un sistema social de organización del poder que se manifiesta en un modelo de conducta. Está construida sobre la base de unos principios fundamentales como lo son: el reconocimiento de libertades individuales y colectivas; el ejercicio popular de la soberanía; la elección para cargos públicos; la separación de poderes y la participación. La vida en Democracia requiere de una serie de predisposiciones en las que resulta clave la capacidad de la sociedad para intervenir en sus procesos, sustentándose en una cultura participativa que exige responsabilidad y compromiso.

En esas condiciones deben quedar suficientemente representados los derechos de los ciudadanos a exigir el cumplimiento por parte de las instituciones de sus responsabilidades para con los ciudadanos, de igual forma los ciudadanos tienen el deber de intervenir mediante canales formales en los asuntos que le interesan. La democracia no puede descansar exclusivamente en las instituciones, debe ser producto de un esfuerzo común por lograr condiciones de vida a las que todo ciudadano tiene derecho. La cultura política democrática se manifiesta en el intercambio permanente entre los centros de decisión y los dirigidos.
Por su parte, la idea de modernidad nos remite a un modelo de sociedad donde prevalece el espíritu de la racionalidad en contraste con el sometimiento a la doctrina de la fe, siendo la ciencia la experiencia más relevante de la vida del hombre, y por ende sus consecuencias.

La modernidad no es sólo cambio puro, sucesión de acontecimientos; es difusión de los productos de la actividad racional, científica, tecnológica, administrativa. Por eso, la modernidad implica la creciente diferenciación de los diversos sectores de la vida social: política, economía, vida familiar, religión, arte en particular, pues la racionalidad instrumental se ejerce dentro de un tipo de actividad y excluye la posibilidad de que alguno de esos tipos esté organizado desde el exterior, es decir, en función de su integración en una visión general, de su contribución a la realización de un proyecto social que Louis Dumont denomina holista. La modernidad excluye todo finalismo.

La idea de la modernidad reemplaza, en el centro de la sociedad, a Dios por la ciencia y, en el mejor de los casos, deja las creencias religiosas para el seno de la vida privada. No basta con que estén presentes las aplicaciones tecnológicas de la ciencia para poder hablar de sociedad moderna. Es necesario, además, que la actividad intelectual se encuentre protegida de las propagandas políticas o d las creencias religiosas; que la impersonalidad de las leyes proteja contra el nepotismo, el clientelismo y la corrupción; que las administraciones públicas y privadas no sean los instrumentos de un poder personal; que vida pública y vida privada estén separadas, como deben estarlo las fortunas privadas y el presupuesto del Estado o de las empresas. (Touraine, 2002: 17)


La modernidad es el reflejo de una espiritualidad, a la que algunas sociedades debieron “asimilarse” sin haber desarrollado suficientes bases para ello. La modernidad también se asocia a la idea de la Nación-Estado que supera la atomización político-territorial del feudalismo. Es la cualidad de un período histórico, en la que se puede identificar una racionalidad manifiesta en todas las expresiones culturales de la época.

LA MODERNIZACIÓN DEMOCRÁTICA EN VENEZUELA

En la conformación del sistema político venezolano, se hace necesaria la reflexión sobre la transición política hacia la democracia. Si hacemos historia, el fracaso del primer ensayo democrático (1948), contribuyó a que la dirigencia política venezolana hiciera el esfuerzo común de consolidar un gobierno democrático, produciéndose un hecho fundamental para la construcción de ese nuevo modelo político que fijara las bases de la democracia. Los antecedentes políticos dejaron claro que la hegemonía política, representaba el principal obstáculo para la consolidación de un verdadero régimen de libertades.

Esta circunstancia generó la necesidad de un sistema político que garantizara la libertad como elemento constitutivo, determinando que este proyecto político tuviera su fundamento en un acuerdo o pacto, de manera que se imposibilitara cualquier intento de personalismo militar, una amenaza permanente.

En este contexto, la voluntad de las organizaciones políticas de mantener un frente unido para la formación de un nuevo proyecto político se hace efectiva a través de la firma del Pacto de Puntofijo el 31 de octubre de 1958. En él queda plasmada la esencia de lo que llamamos la democracia de partidos, pues allí se fijaron las reglas del sistema de poder, configurando la prerrogativa que habrían de tener en el mismo los partidos políticos.

Este acuerdo, al margen de los aspectos orientados a consolidar el régimen democrático propiamente, es necesario verlo como el instrumento que habría de institucionalizar una de las más serias debilidades del sistema político venezolano: el partidismo.

Esto podemos explicarlo considerando el pasado histórico político de Venezuela, pues a diferencia de los años posteriores a Gómez, donde el antagonismo de las fuerzas políticas fue lo que privó dada la coyuntura del 58, los partidos toman conciencia de la necesidad de compartir el escenario, repartiéndose el poder y creando un vínculo que fortalecería su poder político: un pacto, pues “el poder se sostiene sobre pactos constitutivos, pero no ya entre voluntades individuales... sino entre aquellos grupos que han movilizado recursos suficientes como para ingresar en el sistema.” (Portantierro, 1981:47).

El Pacto de Puntofijo es el acuerdo político que suscriben los principales actores sociales del momento, quienes posteriormente asumirían su condición predominante dentro del sistema. Los partidos Acción Democrática, COPEI y URD; FEDECAMARAS; Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica suscribieron el compromiso de apoyar y vigilar el desarrollo de un proyecto nacional que contemplaba el establecimiento de un sistema democrático que garantizaba el ejercicio pleno de libertades políticas y la alternabilidad en el poder. El acuerdo se fundamentó en tres aspectos: la Defensa de la constitucionalidad y del derecho a gobernar conforme al resultado electoral; la formación de un Gobierno de Unidad Nacional y la suscripción de un Programa Mínimo Común: (López, Gómez y Maingón, 1989)

Las Fuerzas Armadas Nacionales (FAN) como actores fundamentales de las últimas décadas, desempeñaron un rol trascendental en el pacto suscrito. Inicialmente las FAN se habían propuesto sustituir el gobierno personalista de Pérez Jiménez por uno verdaderamente de carácter militar-institucional. Debido a ello fue necesario que los otros sectores participantes negociaran con los militares, logrando convencerlos de la pertinencia de consolidar el régimen democrático, comprometiéndolos a actuar en defensa del mismo, generando la institucionalización democrática de las FAN, como organización apolítica y no deliberante.

Las Fuerzas Armadas con su participación en el Pacto de Puntofijo, le confirieron legitimidad a las reglas de juego del sistema político venezolano que se pretendía instalar, reconociendo a sus protagonistas en un acto legitimador, como fundadores de la democracia venezolana, en lo que habría de ser una muestra irrefutable de control político que ejerce la institución dentro del sistema.
De esa manera quedó definido el papel predominante que habrían de desempeñar los partidos políticos en el funcionamiento del sistema político: la representación de los intereses de la nación estaba en manos de las estructuras partidistas. El Pacto de Puntofijo, significaba la fijación de las reglas del juego político, en lo que habría de ser un compromiso por preservar la estabilidad del naciente sistema. Pero además, quedó establecido que el modelo de representación descansaría fundamentalmente en la repartición de espacios y cuotas de poder a los que los sectores participantes tendrían acceso.

En este sentido, está claro que las bases sobre las cuales se construyó el sistema político venezolano fueron muy débiles, considerando que el equilibrio en un Estado depende en buena medida de la estabilidad democrática, la equidad social y el desarrollo económico que presente. (Kornblith, 1996)

Aún más, prosigue Kornblith (1996) argumentando que la crisis del modelo rentista, en el que el petróleo ha sido la principal actividad productiva y la única fuente de ingresos, generó serios cuestionamientos hacia un Estado hiperactivo (Estado de Bienestar) que como rasgos característicos, subsidiaba, intervenía, protegía y regulaba, mediante mecanismos utilitarios que estimularan la adhesión de la sociedad al sistema, con la promesa –no cumplida- de evolucionar hacia mecanismos valorativos.

Por lo que, las condiciones económicas del país, al convertirse nuestra renta petrolera en el factor dinamizador, facilitaron la configuración de un modelo de relaciones de Estado, que entre otras, consolidó el Sistema Populista de Conciliación, definido por Rey (1998:292) como el entramado de una pluralidad de intereses sociales, económicos y políticos, que apoyándose en la abundancia de recursos económicos, un por entonces, bajo nivel (simplicidad) de las demandas y la capacidad de las organizaciones políticas (partidos y asociaciones civiles) para canalizar las demandas, permitieron una significativa etapa de estabilidad política.

A este respecto, Salamanca (1997) señala que el objetivo fundamental de los modernizadores -partidos políticos- fue:

… el de dotar a una sociedad carente de posibilidades de desarrollo, con un poder económico y adquisitivo con el cual no contaba previamente. En ese sentido, hay que destacar el papel de orquestadores de los partidos políticos y su rol de impulsores de la modernización la cual convierten en un programa político estatal. (1997: 158)

Considerando entonces que el proyecto político venezolano había tomado las banderas de la modernización de la sociedad, bajo la figura de un modelo democrático, representativo y pluralista, en su lugar, éste se tradujo en estatismo, centralismo, presidencialismo, partidismo y populismo, rasgos que han caracterizado al Estado venezolano en las últimas décadas.

A pesar de los esfuerzos de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE: 1984-1999), por ofrecer la visión de un país moderno al que podíamos aspirar, el sistema político se resistió a cambios verdaderamente profundos, apenas permitió la elección directa de alcaldes y gobernadores, el inicio del proceso de descentralización y la elección uninominal, que para muchos fueron tan sólo mecanismos de defensa generados por la crisis de 1989 más que apertura a espacios de participación política.
En el año 1993 se manifiesta una importante señal de la crisis del sistema político venezolano (crisis de la modernización), al producirse la ruptura del bipartidismo y un aumento considerable de la abstención como manifestación política, situándose alrededor del 40% (Duhamel y Cepeda, 1997:307).

Es entonces que con la desaparición del bipartidismo, materializada en la reelección de Rafael Caldera en 1993, quien habiendo sido uno de los pilares fundamentales del modelo de Estado de Partidos, rompe con COPEI, para lanzarse a la candidatura presidencial con otra tolda política, CONVERGENCIA, una organización formada por la disidencia socialcristiana, contando con el respaldo de otros partidos de izquierda, como el Movimiento al Socialismo (MAS), obtiene la primera magistratura con el 30% de los votos, (Duhamel y Cepeda: 307), marcando el final de la partidocracia, como modelo político.

Sin embargo, aunado a ello, las razones de la crisis de la modernización política venezolana, podemos encontrarlas en la modificación de las condiciones básicas del orden democrático establecido, que interpretando el esquema de Rey, citado por Kornblith (1996:2) se reduce a la crisis del modelo rentista, la crisis del modelo de representación y de legitimidad y la crisis de los mecanismos de generación de consenso y canalización del conflicto, lo que condujo al deterioro de las expectativas de bienestar colectivo que había garantizado una abundante renta petrolera, que al no encontrar respaldo en las organizaciones políticas para la canalización y expresión de las demandas, generó serios desajustes al modelo democrático, que sigue siendo considerado como el sistema predominante, según señala Latinobarómetro (2005:48), al colocarse en 7, 6 en una escala del 1 al 10.

Entre otras razones, la forma errática como la clase política manejó su pérdida de legitimidad – para marzo de 1990 los partidos políticos tenían un rechazo de 56%, manteniéndose por encima de esta cifra a lo largo de 1991- (Njaim et al., 1998:17), fue lo que permitió abonar el terreno para la ruptura definitiva con el modelo político que había prevalecido hasta 1993.
Ello explica las medidas desesperadas de alianzas a última hora para las elecciones de 1998, que no hicieron sino mostrar la debilidad del liderazgo político para confrontar un discurso agresivo que recriminaba a los partidos políticos su responsabilidad en la crisis del país.

La democracia venezolana comienza a ser cuestionada, el modelo es puesto en duda y se le juzga como una experiencia fracasada. La crítica oscila entre la poca idoneidad de la democracia y la incapacidad de su desarrollo en nuestra cultura, sin embargo más allá de las razones idiosincráticas, esta requiere de una templanza institucional imprescindible. A este respecto Salamanca (1996) señala que:

… la relevancia de un entorno modernizado, es que a partir de cierto nivel de modernización la democracia accede a posibilidades de estabilización. Por ello la importancia de tener presente la distinción entre sociedades en vías de modernización y sociedades modernizadas. Las primeras son inestables y proclives a la violencia desestabilizadora; en las segundas, las instituciones adquieren estabilidad. (1996:244)

LA POSMODERNIDAD Y LA POSDEMOCRACIA

Llegado a este punto de la reflexión, incorporamos la definición de posmodernidad a la que Lyotard se refiere como:

… el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. Aquí se situarán esas transformaciones con relación a la crisis de los relatos.

En origen, la ciencia está en conflicto con los relatos. Medidos por sus propios criterios, la mayor parte de los relatos se revelan fábulas. Pero, en tanto que la ciencia no se reduce a enunciar regularidades útiles y busca lo verdadero, debe legitimar sus reglas de juego. Es entonces cuando mantiene sobre su propio estatuto un discurso de legitimación, y se la llama filosofía. Cuando ese metadiscurso recurre explícitamente a tal o tal otro gran relato, como la dialéctica del Espíritu, la hermenéutica del sentido, la emancipación del sujeto razonante o trabajador, se decide llamar «moderna» a la ciencia que se refiere a ellos para legitimarse.
… al legitimar el saber por medio de un metarrelato que implica una filosofía de la historia, se está cuestionando la validez de las instituciones que rigen el lazo social: también ellas exigen ser legitimadas. De ese modo, la justicia se encuentra referida al gran relato, al mismo título que la verdad.

Simplificando al máximo, se tiene por «postmoderna» la incredulidad con respecto a los metarrelatos. Ésta es, sin duda, un efecto del progreso de las ciencias; pero ese progreso, a su vez, la presupone. (Lyotard, 1991: 4)

La posmodernidad hace referencia al ambiente de cuestionamiento del orden prevaleciente –modernidad- que conduce al debilitamiento de su estructura dogmática, en la que se hace difícil el consenso de los metarrelatos (Collado, 2001:81). Cuando ya no es posible el sometimiento a una interpretación única del poder, toda la base de pensamiento es puesta en duda y se reproducen otras formas de aproximación al uso del poder. En las sociedades posmodernas el poder descansa, entre otros, en el dominio de un lenguaje con aspiraciones universales, las tecnologías de información y comunicación.
En otro sentido, Crouch considera que la posdemocracia es lo que inevitablemente ocurre cuando la democracia se ha agotado y ha dejado de corresponder a las expectativas colectivas.
El concepto de posdemocracia nos ayuda a describir aquellas situaciones en las que el aburrimiento, la frustración y la desilusión han logrado arraigar tras un momento democrático, y los poderosos intereses de una minoría cuentan mucho más que los del conjunto de las personas corrientes a la hora de hacer que el sistema político las tenga en cuenta; o aquellas otras situaciones en las que las élites políticas han aprendido a sortear y manipular las demandas populares y las personas deben ser persuadidas para votar mediante campañas publicitarias. (Crouch, 2004:35)
El agotamiento de la democracia, debe verse desde la perspectiva de un debilitamiento de su ejercicio, que no del modelo. Cuando la institucionalidad democrática hace a un lado sus intereses primarios, para favorecer aquellos de quienes detentan el poder, la sociedad naturalmente toma distancia. En un ambiente de desconfianza o de desmotivación, la clase política hace uso de todos los mecanismos para lograr la participación cívica, que en la posdemocracia vale decir, la manipulación massmediática.
El sistema político se torna en una Videocracia, tal y como lo plantea Sartori (1998) cuando a través de los mecanismos del cibermundo actúan los individuos que tienen el control de las decisiones, propiciando una alta dependencia de los sondeos de opinión, entre otros, para orientar las respuestas del sistema a las demandas.
Eso configura un escenario donde la democracia está provista de condicionantes diferentes de los que la modernidad le había proporcionado. El debate en el futuro estará en establecer si la posdemocracia sigue representando los principios democráticos.

BIBLIOGRAFÍA

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Crouch, Colin (2004) Posdemocracia. España: Taurus- Santillana Ediciones Generales S. L.

Dahrendorf, Ralph. (2002) Después de la democracia: Entrevistado por Antonio Polito. Barcelona: Editorial Crítica

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Rey, Juan C. (1998) El futuro de la democracia en Venezuela. Caracas: Ediciones de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UCV.

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Sartori, Giovanni (1998) Homo Videns. Ediciones Taurus: Madrid

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