I am a political scientist, Adjunct Professor at Valencia College, teaching State and Local Government, and U.S. Government. I have more than twenty years of experience in higher education teaching, specialized in democracy and governance issues in Latin America, with a career as researcher, commentator, writer, and blogger. I have developed an academic path in the field of study of institutional behavior in democratic societies in Latin America, specifically Venezuela, and more recently Cuba.
Monday, February 25, 2013
Monday, February 11, 2013
Monday, February 4, 2013
Cultura militar y cultura democrática
Cultura
militar y cultura democrática: elementos para la definición de la cultura
política en Venezuela
María
Isabel Puerta R.
Faces-Universidad de Carabobo
E-mail: mpuerta2@uc.edu.ve
La cultura política
venezolana está profundamente articulada con la cultura democrática, así como también
en ella se encuentra un espacio significativo para los valores de la cultura
militar que ha formado parte de nuestro imaginario colectivo desde nuestros
inicios como república. La aspiración como sociedad a que la cultura
democrática logre imponerse por encima de tentaciones de naturaleza
autoritaria, es en esencia lo que ha caracterizado a la cultura política
venezolana: una fe inquebrantable en la libertad. Esta reflexión recoge la influencia
de dos visiones del mundo: la de civilidad democrática y la de
institucionalidad militar, en el intento de construir a la nación política.
PALABRAS CLAVES:
Cultura política, Democracia, Cultura Militar
Military culture and democratic culture: elements for
the definition of the political culture in Venezuela
The
Venezuelan political culture is deeply articulated with the democratic culture,
as well as within is a significant space for the values of the military culture
that has comprised our imaginary group from our foundations as a republic. The
aspiration of society that the democratic culture manages to prevail over
temptations of authoritarian nature, is in essence what has characterized the Venezuelan
political culture: an unbreakable faith in freedom. This reflection gathers the
influence of two visions of the world: the one of democratic civility and the
one of military institution in the attempt to construct the political nation.
KEY WORDS: Political culture, Democracy, Military culture
INTRODUCCIÓN
El Sistema Político Venezolano se
consolidó a partir de un acuerdo político en
el que participaron los principales actores políticos de ese momento histórico
(1958) que firmaron el Pacto de Punto Fijo, donde se establecieron las reglas
que habrían de controlar el juego democrático, definiendo así el objetivo
fundamental del mismo: la consolidación
del régimen democrático. Los partidos políticos Acción Democrática (AD), Comité
de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) y Unión Republicana
Democrática (URD); el principal organismo económico nacional, Federación
Venezolana de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción (FEDECAMARAS), la
Central Obrera, Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV); Fuerzas
Armadas e Iglesia Católica se comprometieron a actuar solidariamente para
preservar la naciente democracia, con lo cual se concretó un importante vínculo
entre partidos, grupos económicos y Estado. Las Fuerzas Armadas sirvieron de
garantía para la continuidad democrática y la Iglesia Católica representó el
apoyo moral al naciente régimen.
Este conjunto de correlaciones de fuerzas
políticas, económicas y sociales definieron el sistema hegemónico que
predominaría en nuestro país. Los partidos políticos se convirtieron en los actores
públicos de mayor peso y los grupos económicos tradicionales se mantuvieron en
una excelente posición para la preservación de sus privilegios de clase.
Inicialmente, el pacto funcionó a
través de un consenso activo. Sin embargo, a medida que los distintos
actores sociales se fueron posicionando dentro del bloque establecido, quedó
clara la vulnerabilidad de las clases subalternas ante los grupos dominantes,
pues evidentemente habían sido desplazadas; prueba de la desactivación de las
fuerzas subalternas es la exclusión del Partido Comunista de Venezolano (PCV)
del acuerdo y el desplazamiento de la Junta Patriótica.
La relación entre Estado, partidos
políticos y grupos económicos no sólo favorecía a los últimos, sino que
lesionaba significativamente los intereses de las clases subalternas. Las demandas de la sociedad debían ser
canalizadas a través de las estructuras partidistas, pues estas organizaciones
políticas habían penetrado todas las instancias del Estado (aparato
burocrático).
La hegemonía de la clase dominante sobre
las clases subalternas que en un principio fue lograda a través del consenso,
se mantuvo por la represión y la coerción del aparato burocrático degenerando
en un consentimiento pasivo, -ubicándose éste en el momento en que URD se
retira del Pacto de Punto Fijo- que vendría a caracterizar nuestro bloque
histórico.
Dentro del proceso de desarrollo del
bloque histórico en el seno del sistema político, se fueron generando una serie
de vicios y fallas que posteriormente conformarían el escenario para la
aparición de la crisis hegemónica que se manifiesta hacia finales de la década
de los 80 y principios de los 90, “… es en el funcionamiento del sistema
político –en tanto en él se colocan los compromisos constitutivos- donde se
halla la clave del funcionamiento y de la crisis del Estado… (Portantierro,
1981: 25).
La corrupción, ausencia de liderazgo,
crisis de valores y pérdida de legitimidad de las instituciones representan las
manifestaciones visibles de la crisis hegemónica, que no es otra cosa que el
agotamiento de la estructura de las correlaciones de fuerzas políticas,
económicas, sociales y militares.
La crisis hegemónica viene dada por la
conjunción de las variables mencionadas que implican una crisis política, pues
se refieren al desplazamiento de los actores que intervienen en el
mantenimiento de un orden global; las relaciones internas entre todos los
componentes del sistema político sufren un proceso de reubicación en el bloque
histórico.
Una vez que las instituciones fundamentales
del sistema político comienzan a ser cuestionadas, el sistema hegemónico se
resiente, pues la acción hegemónica se fundamenta en la capacidad directiva que
tiene la clase dominante para mantener el orden establecido en función de sus
intereses.
El sistema político en la figura de sus
instituciones permitió que se instituyera la cultura de la corrupción, pues el
clientelismo político y el consumismo delinearon las pautas para satisfacer
necesidades, por ello se hizo de la corrupción una forma de vida. La
omnipotencia del poder, la indiferencia de los dirigentes políticos hacia las
necesidades de las clases subalternas, establecieron la ausencia de líderes de
la escena política. La
sustitución de nuestros valores tradicionales por aquellos producto de un
intenso proceso de alienación, explica la actitud pasiva de la sociedad ante la
incapacidad del sistema de resolver sus problemas.
Finalmente, dada la pérdida de
legitimidad de nuestras instituciones fundamentales expresadas a través de su
poca credibilidad y representatividad: legisladores, jueces, políticos, etc.
fueron rechazados por las clases subalternas al ser vistos como responsables
del deterioro moral del país, pues no han sido capaces de cumplir con el rol
para el cual fueron elegidos.
Siendo el 27 de febrero de 1989 la
primera manifestación de la fisura del bloque histórico, comenzó a hacer
crisis la hegemonía que había caracterizado al país por más de 30 años. La
población fijó ante la clase dominante una posición de rechazo al sistema y por
consiguiente, de repudio al pacto institucional: aquí se caracteriza la crisis
hegemónica, cuando se desconoce el pacto constitutivo del sistema hegemónico. La
evolución de la crisis hegemónica siguió su curso, pues la clase dominante solo
usó el recurso de la represión para tratar de mantener el relativo orden.
La clase dirigente y los grupos
económicos fueron sordos ante el clamor popular de un cambio en las relaciones
de poder. A pesar de la permanente amenaza de una nueva protesta social, el poder
político ignoró la situación, hasta que otro actor social apareció en el
escenario político, agudizando el problema.
El 4 de febrero de 1992 se produjo el
primero de dos intentos de golpes de Estado que sucedieron ese año. Un sector
de la oficialidad de las F.F.A.A. de baja y media graduación se rebeló por
cuanto el poder político estaba atentando contra la institucionalidad, siendo
incapaz de cumplir con la función de representar y defender los intereses de
las clases subalternas, tal como lo refiere uno de sus protagonistas:
La
corrupción ha invadido a las Fuerzas Armadas Nacionales, como lo demuestra la
alarmante cantidad de hechos reñidos con la moral y la ley, favorecidos con la
intromisión de la política en su seno, rompiendo el principio básico que nutre
la disposición al sacrificio que todo militar debe ofrendar a su patria: el
mérito.
Se
ha llegado a convencer al militar… que el apoyo político, y no la conducta, la
ética y la capacidad, es indispensable para los ascensos en particular en los grados
más elevados. Esto ha causado una honda desmoralización en nuestras FF.AA… (Gruber, 1993, p. 182)
Ese mismo año, el 27 de noviembre un grupo de oficiales de alta graduación
conspiró argumentando básicamente las mismas razones del primer grupo, aunque
con diferente inspiración ideológica. Con esta segunda intentona golpista quedó
definido el resquebrajamiento del bloque histórico construido sobre las bases
del Pacto de Punto Fijo y se agudizó la crisis hegemónica. El sistema iniciado
bajo el compromiso de obedecer una determinada línea de acción política, fue
cuestionado por uno
de sus miembros fundamentales.
INFLUENCIA DEL
PRETORIANISMO EN EL SISTEMA POLÍTICO VENEZOLANO
La Institución Militar en Venezuela, sin
duda alguna, ha sido un actor político fundamental, no sólo a los efectos de la
consolidación del sistema político, sino
también de su sostenimiento, independientemente de su capacidad para mantener
el control político exclusivo.
Esta circunstancia nos remite
necesariamente a buscar las razones de tal comportamiento en los principios del
Pretorianismo, definido por Samuel Huntington (1972: 177) como “la intervención
de los militares en política.”
En este sentido, Huntington señala que es
necesario distinguir las causas, de las consecuencias de la intervención. Para
este autor existe una estrecha relación, que a veces ni siquiera se distingue,
entre la intervención política y el faccionalismo militar, lo que pone de
relieve el hecho causal: las mismas son
siempre políticas y no militares. El intervencionismo no refleja las
características sociales u organizacionales, sino la estructura política e
institucional de la sociedad, con lo que queda clara la elevada politización de las
instituciones sociales. Es decir, que es la misma
sociedad la que necesita de esa intervención de la institución militar?
En otra definición, Mayer citado por
Irwin (2002: 324) destaca que una sociedad pretoriana es aquella en la cual los
militares juegan de manera ampliamente desproporcionada un rol político, esto
debido al bajo nivel de institucionalidad desarrollado.
Por su parte López (en: Bobbio, Matteucci
y Pasquino: 970) señala que la explicación del Militarismo se fundamenta en el
aspecto situacional, en el que la inestabilidad política y la insuficiencia
hegemónica conducen a la participación de los militares en la vida política.
En
este sentido, resulta imprescindible diferenciar el Militarismo del
Pretorianismo. En su acepción más amplia, el Militarismo hace referencia a una
situación política en la cual el sector militar de una sociedad dada por una
suerte de metástasis invade ésta, llegando a dominar todos los aspectos
fundamentales de la vida social. (Irwin: 249)
Mientras que para Mundell citado por Irwin
(2001: 250) señala que se da el Pretorianismo cuando: ...el sector militar de
una sociedad dada ejerce influencia política abusiva recurriendo a la fuerza o
la amenaza de su uso. Es una abusiva conducta militar para con la sociedad en general
y particularmente la gerencia política de una sociedad dada.
El Pretorianismo, como modelo de
ejercicio político, puede presentarse según Huntington de tres formas: (1972:
180)
- Pretorianismo Oligárquico: se caracteriza por la existencia de camarillas personales y de familia.
- Sociedad Pretoriana Radical: Grupos institucionales y de Ocupaciones.
- Pretorianismo de Masas: Clases y movimientos sociales que dominan la escena.
Por su parte, Perlmutter citado por Irwin
(2002:252) elabora una tipología del Pretorianismo en la que este puede
presentarse antes del nacimiento de la institución militar formal: Histórico o se trata de una modalidad
más propia de sociedades con institución militar consolidada: Moderno. El Pretorianismo Moderno puede
ser latente o potencial, es decir que
puede ser estimulado, o ser actuante o
manifiesto, es decir más activo, como en el caso de los intentos de golpe.
El Pretorianismo Actuante puede ser Gobernante
o Arbitro. El modelo Gobernante puede darse por la vía Actuante, a través de golpes militares o Potencial, mediante el tutelaje militar al que se somete la
sociedad. Finalmente el Árbitro, ocurre en aquellas sociedades donde la
institución militar es quien dirime los conflictos de los civiles.
El Pretorianismo encuentra terreno fértil
en América Latina, debido a la inexistencia o debilidad de las instituciones
políticas y sociales. La ruptura colonial dejó como herencia instituciones muy
frágiles que no pudieron soportar por una parte la desarticulación y por la
otra el vacío, lo que fue ocupado por la violencia y los regímenes militares.
La inestabilidad política hace su juego
en la medida que las fuerzas sociales no logran construir un entramado
institucional sólido, con lo que la insuficiencia hegemónica, vista como la
incapacidad de sector social alguno para imponer su proyecto a la sociedad en
forma perdurable a partir de modalidades consensuales de dominación (Bobbio y
otros, p. 972), genera las condiciones suficientes para justificar la incursión
militar en la escena política.
En América Latina, el militar es visto
como la tabla de salvación, el gendarme necesario o el salvador de la patria.
Es una concepción de tanto arraigo, que han sido numerosas las dictaduras
militares que se han instaurado en el hemisferio, con el propósito de garantizar la paz social y la
estabilidad política como justificación.
En el Pretorianismo, el Ejército intercambia autonomía
funcional por influencia política, como ocurre con otros actores políticos: los
estudiantes que conjuntamente con los intelectuales y los militares, conforman
las fuerzas activas del modelo pretoriano.
Los militares, en el Sistema Pretoriano
Radical, solamente actuarán cuando la polarización entre las fuerzas sociales
sea extrema. Sin embargo si llegan a identificarse con el régimen existente o
muestran lealtad, las
fuerzas contrarias no
pondrán en peligro al gobierno.
El vínculo del poder civil con la
institución a través del Alto Mando Militar, que ejerce inevitablemente una
influencia incuestionable sobre las decisiones civiles, define al sistema
político venezolano, caracterizándose por una institución que dado el monopolio
legítimo de la violencia física que ejerce, en ocasiones no esconde su
aspiración a lograr el control político, que justifica en el poder y la
dominación que despliega a través del uso de la coerción.
Es la ausencia de control civil, definido
como la subordinación del sector militar a las autoridades civiles legalmente
constituidas (Olivieri y Guardia, p. 8) lo que ha permitido que la
Institución Militar mantenga una relación de dominación sobre el poder civil, dado
el monopolio de la violencia física que ejerce.
Nuestra tradición, desde la propia
independencia, ha sido la del militar en el poder o muy cerca de él. La Fuerza
Armada ha sido un actor político relevante en el ámbito de las representaciones
sociales, con una influencia desmedida en la política nacional (Olivieri y
Guardia, p. 6).
La razón la podemos encontrar en la
realidad de un modelo de tutelaje militar que inevitablemente nos está
conduciendo hacia el desarrollo de formas pretorianas de ejercicio del poder
(Olivieri y Guardia). Vemos como para el civil la paradoja del
militar se resume en la potestad del uso de las armas, de lo cual tiene su
monopolio, que es lo que finalmente le va a permitir ejercer ese control
político.
El sostenimiento del modelo democrático
ha descansado históricamente en el apoyo de la Fuerza Armada, a través del Alto
Mando, quien no solo controla a la institución, sino que además, tiene la
potestad no otorgada pero ejercida, para
desconocer y reconocer el poder político civil de la nación, en lo que
pareciera ser una clara evidencia del control político.
Sin embargo, en algunos episodios
históricos hemos observado como la Fuerza Armada no logra en su totalidad el
control político interno y externo: en los dos intentos golpistas del 4 de
Febrero y del 27 de Noviembre de 1992, los cuadros medios de la FAN en el
primero y la alta oficialidad en el segundo, no logran una intervención
definitiva del poder civil, por lo que se puede encontrar un cierto paralelismo
con los sucesos de Abril de 2002, cuando el Alto Mando en una serie de
decisiones contradictorias, definitivamente se desarticula como una estructura
de poder -es decir, como actor político- lo que permite finalmente poner en duda
su capacidad para mantener el control político exclusivo dentro del sistema político.
CONCLUSIONES
La cultura política en Venezuela resulta ser el encuentro de la
herencia de quienes nos conquistaron conjuntamente con las particularidades que
se fueron incorporando a partir del mestizaje social. En
esta reflexión, hemos
intentado describir las características de la democracia venezolana, para
procurar dibujar lo que ha sido el fundamento de nuestra cultura política.
A pesar de que
nuestra Democracia fue consagrada constitucionalmente como representativa, este modelo
no ha podido ser desarrollado por completo.
Precisamente nuestra crisis de legitimidad es producto en gran medida de la escasa
representatividad de nuestros dirigentes políticos; ello se debe
fundamentalmente a la ausencia de credibilidad en su liderazgo.
La clase política
venezolana descuidó su responsabilidad de orientar y guiar a sus electores y en
lugar de ello se dedicó a fortalecer su posición hegemónica, defendiendo
intereses particulares. La imagen del dirigente político se fue desvirtuando de
tal manera que el venezolano no tuvo un líder en quien creer, a quien seguir.
Bajo estas
condiciones, las relaciones de poder no permitían articular las demandas de
sectores subalternos, para hacer efectiva su participación en la llamada Democracia
Consensual, que el venezolano podía ejercer comicios electorales; la
forma más usual era a través de la vinculación con uno de los partidos
políticos del estatus (el clientelismo político). A medida que fueron perdiendo
representatividad, el gobierno y las instituciones, aumentaron su ilegitimidad
y en consecuencia contribuyeron a la desvalorización del régimen democrático.
Así se fue
desarrollando un modelo hegemónico que terminó destruyendo la esperanza en una
verdadera Democracia, pues el venezolano común, el sistema político venezolano no
representaba sus intereses, no había posibilidad de participar en el proceso de
toma de decisiones que le afectaban, no había líderes: un régimen que no refleja
los valores del colectivo no tiene credibilidad.
Son muchos los
factores que indican una crisis de hegemonía, pero en el objeto de esta
reflexión, la pérdida de legitimidad es la manifestación más importante, por
cuanto es el que mayor efecto genera en la institucionalidad democrática
venezolana.
De la crisis militar
podemos obtener referentes valiosos para poder comprender el agotamiento del
modelo hegemónico venezolano. El 4F reveló el resquebrajamiento de la unidad
interna de la Fuerza Armada, el 27N reflejó el descontento de algunos sectores
militares con la corrupción moral que se apoderó de la cúpula militar.
Además, hay un hecho clave para
fortalecer la idea del peso que tiene en la crisis hegemónica la pérdida de
legitimidad: los valores y principios que salieron a defender y rescatar a los
insurrectos, no son los mismos que le escuchamos a nuestros dirigentes
políticos. Ahora bien, en las clases populares, a pesar de que no hubo un apoyo
masivo a los alzamientos, la similitud de ideas y necesidades, es innegable.
Las banderas de los movimientos insurreccionales fueron las mismas de los
sectores subalternos: el rescate del país a través de una reconstrucción moral.
Esa articulación,
probablemente lo que refleja es que la Fuerza Armada es un garante de la
institucionalidad, pero también se puede comportar como actor político,
por cuanto no está impedido de reconocer las debilidades institucionales y que
por una tradición histórica de carácter hemisférico, ha tenido que actuar decididamente
para preservar el equilibrio político en numerosas oportunidades.
En síntesis, nuestra
cultura política está profundamente articulada con la cultura democrática, pero
en ella también se encuentra un espacio significativo para los valores de la cultura militar de
la cual no
podemos distanciarnos porque
ha formado parte de nuestro imaginario colectivo desde nuestros inicios como
república. Quizás lo cabe esperar es que la cultura democrática logre
imponerse por encima de tentaciones que pretendan ignorar lo que en esencia ha
caracterizado a la cultura política venezolana: su fe inquebrantable en la
libertad.
BIBLIOGRAFÍA
Bobbio, N., Matteucci, N. y Pasquino, G.
(2002) Diccionario de Política. 13ª
ed. México: Siglo XXI Editores S. A. de C. V.
Huntington, S. (1972) El orden político en las sociedades en cambio
Buenos Aires: Paidós
Irwin G., D. (2002) Comentarios sobre las Relaciones Civiles y
Militares en Venezuela, Siglos XIX al XXI. Edición: No Publicada.
Caracas.
Olivieri, G. e I.
Guardia (2003) El fogonazo venezolano: la
crisis de abril de 2002. Una explicación de la violencia política en Venezuela.
[Tesis en línea] Universidad Católica Andrés Bello, Venezuela. Consultada
el 13 de marzo de 2005 en: http://www.ndu.edu/chds/redes2003/Academic-Papers/6-Military-
Sociology/3-Military-Civilian-Relations-LATM/4%20 Guardia-final.doc
Portantierro, J.
(1981) Sociedad Civil, Estado, Sistema Político. México: FLACSO.
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